Crítica de un Clásico Incómodo: "El Hombre Unidimensional" de Herbert Marcuse
- Roberto D'Alessandro
- 23 jul
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 28 jul
Revisitar "El Hombre Unidimensional" de Herbert Marcuse es un ejercicio tan necesario como inquietante. Publicado en 1964, en plena efervescencia de la sociedad de consumo de posguerra, este texto capital de la Escuela de Frankfurt no ha perdido un ápice de su poder provocador. Al contrario, su diagnóstico de una sociedad que coopta y neutraliza toda forma de disidencia resuena con una vigencia escalofriante en nuestro siglo XXI, saturada de tecnologías y entretenimientos.
Herbert Marcuse (1898-1979) fue un filósofo y sociólogo alemán, figura destacada de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, junto a pensadores de la talla de Max Horkheimer y Theodor Adorno. De origen judío, se vio forzado a exiliarse en Estados Unidos tras el ascenso del nazismo. Su obra, una síntesis original de Hegel, Marx y Freud, lo convirtió en un referente intelectual para los movimientos de la Nueva Izquierda y las protestas estudiantiles de los años 60.
"El Hombre Unidimensional" es, en esencia, una demoledora crítica a las sociedades industriales avanzadas, tanto capitalistas como soviéticas de su época. Marcuse argumenta que, bajo una apariencia de libertad y pluralismo, se esconde una nueva y más sutil forma de totalitarismo. Ya no se trata de un control ejercido a través del terror, sino de una dominación que opera a través del confort, la satisfacción de falsas necesidades y la administración total de la vida.
El concepto central del libro es el del "hombre unidimensional", un individuo que ha perdido la capacidad de pensamiento crítico, de negación, de imaginarios alternativos al orden establecido. Este sujeto, según Marcuse, se encuentra plenamente integrado en el sistema. Sus aspiraciones, deseos y hasta sus protestas son prefabricadas y canalizadas por la misma sociedad que crítica. La oposición política, el arte de vanguardia, la filosofía crítica; Todo es absorbido, mercantilizado y despojado de su potencial subversivo.
Marcuse acuña el término de "desublimación represiva" para describir uno de los mecanismos clave de este nuevo control social. La aparente liberalización de las costumbres, especialmente en el ámbito de la sexualidad, no conduce a una mayor libertad, sino a una canalización de la libido hacia el consumo y la conformidad. La satisfacción inmediata y administrada de los instintos anula la tensión erótica que, en épocas anteriores, pudo ser sublimada en la creación artística o la acción política transformadora.
La crítica de Marcuse se extiende al lenguaje y al pensamiento. La filosofía positivista y el lenguaje operacional, centrados en la descripción de lo dado, eliminan la dimensión negativa y trascendente del pensamiento. Se impone un universo de discurso cerrado, donde las contradicciones y las alternativas son simplemente impensables.
Si bien la obra de Marcuse fue un faro para toda una generación, no está exenta de críticas. Se le ha achacado un pesimismo paralizante, al cerrar casi por completo las vías para una transformación social. Si el sistema es capaz de absorber toda oposición, ¿dónde reside entonces la esperanza de un cambio? Marcuse deposita una fe tenue en los "marginados" de la sociedad –los parias, los desempleados, las minorías perseguidas– como los únicos que, al no estar plenamente integrados, podrían albergar el germen de una negación radical.
A más de medio siglo de su publicación, "El Hombre Unidimensional" sigue siendo una herramienta indispensable para el análisis crítico de nuestra contemporaneidad. La proliferación de las redes sociales, la cultura del entretenimiento masivo y la lógica del consumismo exacerbado parecen confirmar muchas de las sombrías predicciones de Marcuse. Su obra nos interpela y nos obliga a preguntarnos si, en nuestra aparente libertad de elección, no nos hemos convertido en esos seres unidimensionales que él describió con tanta agudeza: satisfechos, entretenidos y, en última instancia, profundamente alienados. La lectura de Marcuse es, hoy más que nunca, un acto de resistencia intelectual.





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