El Espejismo de la Calma Cambiaria Llega a su Fin
- C. Esposito
- 21 ago
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Actualizado: 23 ago
El breve y artificial "veranito" financiero ha terminado. Esa sensación de estabilidad precaria, sostenida más por la inercia de un plan de ajuste recesivo que por una confianza genuina, se evaporó en apenas cinco días. La última semana no fue una semana más; fue el recordatorio contundente de que los desequilibrios estructurales de la economía argentina no se toman vacaciones. El despertar de los dólares paralelos, la reacción defensiva y casi espasmódica del Banco Central y el dilema irresuelto del sector agropecuario componen el fresco de una crisis latente que se niega a ser sepultada bajo un discurso de normalización.
Cuando el Dólar Habla
Durante semanas, el gobierno celebró la paz cambiaria como un trofeo. La brecha entre el dólar oficial y los financieros, comprimida a su mínima expresión, se exhibía como la prueba del éxito del ancla monetaria. Sin embargo, la calma era un espejismo. Esta semana, el mercado se encargó de demostrarlo.
El Dólar Blue y el Contado con Liquidación (CCL), esos termómetros infalibles de la desconfianza y de las expectativas, iniciaron un claro recorrido alcista. El blue escaló hasta los $1.335, mientras que el CCL, el canal que utilizan las empresas para dolarizar carteras, superó los $1.324. No son movimientos dramáticos en términos históricos, pero su simbolismo es potente. Indican que el "veranito" se acabó y que los agentes económicos, desde el pequeño ahorrista hasta el gran fondo de inversión, han vuelto a buscar cobertura.
La brecha cambiaria, ese fantasma que distorsiona toda la estructura de precios relativos, volvió a ensancharse. Aunque todavía se mantiene en un dígito (en torno al 3-4%), su reaparición es una luz de alerta. Una brecha, por mínima que sea, actúa como un impuesto no legislado para los exportadores y un subsidio para los importadores. Es un incentivo perverso para retrasar la liquidación de divisas y acelerar la demanda de importaciones, generando una sangría constante en las reservas del Banco Central. La calma no era real; era una tregua armada que acaba de romperse.
Secar la Plaza a Cualquier Costo
Ante la primera señal de fiebre cambiaria, la reacción del Banco Central (BCRA) fue previsible y, a la vez, preocupante. En lugar de atacar las causas de la desconfianza, recurrió a su herramienta más tosca: el control de la liquidez. El lunes, la autoridad monetaria dispuso un aumento de los encajes bancarios, obligando a las entidades financieras a inmovilizar una porción mayor de los depósitos.
En la jerga financiera, esto se conoce como "secar la plaza". La lógica es simple: si hay menos pesos en la calle, habrá menos combustible para presionar sobre el dólar. Es una medida de corto plazo que puede ofrecer un respiro momentáneo, pero cuyo costo es altísimo. Al reducir la cantidad de dinero prestable, se encarece y se restringe el crédito. En una economía que ya opera en niveles recesivos, esta decisión equivale a quitarle el poco oxígeno que le queda.
La medida del BCRA no es una muestra de fortaleza, sino un acto reflejo de debilidad. Evidencia que el único ancla del plan sigue siendo la contracción monetaria y la recesión, sin un horizonte claro de cómo se generará la confianza necesaria para que los argentinos dejen de pensar en verde. Se contiene la demanda de dólares no por convicción, sino por asfixia financiera, una estrategia que tiene un límite claro: el aguante del sector productivo.
La Encrucijada del Campo
Mientras en la city porteña se debatían los puntos básicos de la tasa de interés, en el interior productivo la realidad se vive en otra dimensión. El sector agropecuario, principal y casi único generador de divisas del país, observa la volatilidad con una mezcla de resignación y cálculo estratégico.
Los precios de los futuros en el Matba Rofex marcan valores estables para la soja (USD 304/t) y el maíz (USD 180/t). Son cifras que, en un contexto normal, asegurarían rentabilidad. Pero Argentina no es un contexto normal. El productor enfrenta una esquizofrenia económica: sus ingresos se liquidan al tipo de cambio oficial, mientras que una parte significativa de sus costos (fertilizantes, repuestos, tecnología) se rige por la cotización de los dólares financieros, influenciados por la brecha.
Este "torniquete cambiario" tiene consecuencias directas. En primer lugar, desincentiva la inversión. ¿Para qué arriesgar capital en una nueva tecnología si el retorno se verá licuado por la brecha? En segundo lugar, posterga las decisiones de venta. El productor, racionalmente, prefiere mantener su capital en "dólar soja" (granos sin vender) antes que malvenderlo por pesos que se devalúan o por un dólar oficial que no refleja el valor real de la divisa. Esta reticencia a liquidar es precisamente lo que agrava la escasez de reservas del BCRA, creando un círculo vicioso del que es difícil escapar sin una corrección cambiaria sincera.
La Ilusión de la Inflación del 2%
En medio de la tensión, el gobierno puede exhibir un dato de inflación que, en la superficie, parece un logro: las proyecciones para agosto rondan el 2%, consolidando una tendencia a la baja. Sin embargo, este es quizás el dato más engañoso del panorama actual.
La desaceleración de los precios no responde a un programa antiinflacionario exitoso basado en la productividad y la inversión, sino al más viejo y doloroso de los remedios: una brutal caída de la demanda. La inflación no está siendo derrotada; está contenida por una recesión que ha pulverizado el poder de compra de salarios y jubilaciones. Es una paz de los cementerios económicos.
El peligro de esta "calma inflacionaria" es que genera complacencia. El gobierno puede sentirse tentado a creer que el problema está resuelto, cuando en realidad la presión subyacente sigue intacta. Cualquier intento de reactivación económica o una devaluación del tipo de cambio oficial podría hacer que los precios reprimidos emerjan con una fuerza renovada.
La semana que termina deja una lección clara: no hay atajos. La estabilidad artificial, construida sobre la base de una recesión inducida y un control de cambios insostenible, tiene fecha de vencimiento. La tensión cambiaria es solo el primer síntoma. Ignorarlo no hará que el problema desaparezca; solo garantiza que la próxima manifestación de la crisis será más severa.






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