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La Estupidez como Proyecto Político: Lectura de Pino Aprile desde el Sur

  • I. Montes
  • 1 ago
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 12 ago

En un ecosistema mediático donde la velocidad desplaza a la reflexión, la entrevista de Jorge Fontevecchia al ensayista italiano Pino Aprile se erige como un artefacto intelectual anómalo y, por ello, indispensable. Presentando su obra "Nuevo elogio del imbécil", Aprile despliega una tesis que interpela directamente a las democracias contemporáneas: la estupidez no es una falla del sistema, sino uno de sus motores más eficientes. Su afirmación central, “el sistema necesita a los tontos más que a los críticos”, no es una mera provocación, sino el diagnóstico de un orden que privilegia la obediencia sobre el pensamiento. Analizar sus dichos desde el herramental sociológico no solo es pertinente, sino urgente para comprender las lógicas de poder que nos gobiernan.



La propuesta de Aprile nos obliga a definir su objeto de estudio. El "imbécil" del que habla no es el ignorante o la persona con capacidades cognitivas limitadas. Es una figura política y social: aquel sujeto que renuncia activamente al pensamiento complejo, que abraza con fervor las narrativas simplistas y que, al carecer de argumentos, recurre a la violencia para zanjar cualquier disenso. "La herramienta del imbécil es la violencia, la fuerza", sentencia Aprile. Este sujeto es el pilar de un poder que no busca convencer, sino someter; que no aspira al consenso, sino a la polarización.

Este análisis, de hecho, se conecta directamente con el concepto de violencia simbólica: aquella dominación suave e invisible que logra que los dominados acepten como "natural" un orden social que es, en esencia, arbitrario y favorable a los intereses de una élite. El sistema, a través de sus aparatos —la escuela, los medios, el campo político—, moldea un habitus, un conjunto de disposiciones y esquemas de percepción que nos hacen ver el mundo de una determinada manera. Cuando este habitus está impregnado por la lógica de la simplificación, el resultado es un ciudadano que no solo no cuestiona las estructuras, sino que las defiende activamente, creyendo que esa defensa emana de su propia y libre convicción. El "imbécil" de Aprile es, entonces, el agente que ha internalizado tan profundamente esta visión impuesta del mundo que se convierte en su más fiel reproductor.

Esta dinámica se escenifica en los diferentes campos sociales. El campo político contemporáneo, por ejemplo, se ha transformado en un escenario donde la lógica del marketing y la confrontación espectacular desplazan al debate de ideas. En este campo, el discurso complejo es penalizado por "aburrido" o "elitista", mientras que el eslogan vacío y el ataque personal son recompensados con visibilidad mediática. Se fomenta así un tipo de capital político que no se basa en la competencia técnica o la deliberación, sino en la capacidad de movilizar afectos primarios, un terreno fértil para la figura que Aprile disecciona.

El argumento se torna aún más oscuro cuando se observa la mutación reciente del Estado. Se puede identificar un claro paso desde un Estado social, que gestionaba los conflictos a través de la protección y la integración, hacia un Estado penal, que administra la marginalidad a través de la vigilancia y el castigo. El discurso de "mano dura", la criminalización de la protesta social y la construcción de un "enemigo interno" (el joven delincuente, el inmigrante, el disidente político) son estrategias que requieren de una ciudadanía que aplauda la represión como solución. La "estupidez funcional" es el lubricante ideológico de este Estado penal. Un público que teme y que ha renunciado a comprender las causas estructurales de la inseguridad o la desigualdad es el auditorio perfecto para las políticas punitivistas. La violencia del imbécil, que Aprile señala a nivel interpersonal, encuentra su correlato y su legitimación en la violencia institucional del Estado.

Ahora bien, ¿cómo resuenan estas ideas en Argentina? Si se mira con atención la historia del país, las lógicas del poder nacional ofrecen una clave de lectura. La historia argentina puede leerse como una tensión constante entre proyectos de país y la dificultad para construir una hegemonía estable. En ese vacío, a menudo han surgido liderazgos carismáticos que, en lugar de articular un proyecto colectivo complejo, han optado por la interpelación directa a una base social movilizada a través de la simplificación y el antagonismo. La creación de una dicotomía irreconciliable —sea cual sea— ha sido una constante. Este mecanismo histórico es un ejemplo perfecto de la funcionalidad de la imbecilidad en la arena política: se construye un "otro" absoluto, se le despoja de toda razón y se moviliza a los propios en su contra. Es la anulación del debate político en favor de una cruzada moral.

La entrevista, por lo tanto, nos deja con una pregunta incómoda: ¿qué rol nos cabe como ciudadanos y profesionales en este escenario? Aprile apunta a la marginación de los críticos y la cooptación de los intelectuales, convertidos a menudo en "expertos" cuya función es dotar de un barniz técnico a decisiones puramente políticas. Combatir este estado de cosas implica una triple acción. Primero, un acto de resistencia intelectual: negarse a consumir y reproducir discursos simplistas. Segundo, un acto de valentía cívica: defender la complejidad y el matiz en el debate público, aun a riesgo de ser tildado de "tibio" o "funcional" por los ejércitos de imbéciles de uno y otro lado del espectro. Y tercero, una apuesta pedagógica: trabajar desde nuestros respectivos campos —la consultoría, la academia, el periodismo— para proveer a la ciudadanía de herramientas que le permitan decodificar estas estrategias de dominación.

En definitiva, la obra de Pino Aprile no es un lamento pesimista, sino un llamado de atención. Es un elogio, por inversión, a la inteligencia crítica. Desenmascarar la estupidez como un proyecto político es el primer paso para desarmarla. Es la tarea fundamental para cualquiera que aspire a una sociedad de ciudadanos y no de meros feligreses.

 
 
 

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