Anatomía de la Nueva Derecha Emprendedora
- R. D'Alessandro
- 30 jul
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 12 ago
La irrupción de figuras como Jair Bolsonaro en Brasil y Javier Milei en Argentina no son meras anécdotas tropicales ni excentricidades políticas locales. Son, en realidad, las manifestaciones más crudas y exitosas de un fenómeno global que está redefiniendo las coordenadas de lo políticamente posible. Analizar el ADN de estos movimientos es una tarea urgente para comprender nuestro presente y anticipar el futuro. La reciente entrevista con el filósofo y politólogo Rodrigo Nunes, autor de "Bolsonarismo y la extrema derecha global", nos ofrece un mapa detallado para navegar esta nueva y turbulenta realidad.
El análisis de Nunes, lejos de caer en la caricatura o la descalificación moral, propone una disección sociológica profunda que desarma las explicaciones simplistas. La primera y más crucial distinción que establece es la diferencia entre el líder y el movimiento. No todos los que votaron a Bolsonaro son "bolsonaristas", ni todos los que eligieron a Milei pueden ser catalogados como parte de un "mileísmo" ideológico. Esta diferenciación es clave: nos obliga a mirar más allá del personaje disruptivo del momento para entender el magma social sobre el cual estos líderes construyen su poder.
Lo que vimos en Brasil en 2018, y en Argentina en 2023, fue una convergencia de múltiples descontentos y aspiraciones en un solo punto. Como en un campo magnético, distintas fracciones sociales, con intereses y lógicas a veces contradictorias, se alinearon detrás de una figura que supo canalizar un profundo sentimiento anti-sistema. El "bolsonarismo" o el "mileísmo", entonces, no son tanto un cuerpo doctrinario coherente como un ecosistema, una identidad política colectiva que, una vez formada, puede incluso sobrevivir a su líder original.
La Tormenta Perfecta: Las Cuatro Capas de la Crisis
Nunes identifica al menos cuatro procesos históricos que, al superponerse, crearon las condiciones de posibilidad para este giro a la derecha.
1. La Chispa Inmediata: El Colapso de la Confianza. Tanto en Brasil como en Argentina, el catalizador fue una crisis aguda. En Brasil, fue la combinación letal de la recesión económica post-2015 y el megaescándalo de corrupción del "Lava Jato", que no solo implicó al PT sino que desnudó la putrefacción de gran parte de la clase política tradicional. En Argentina, la hiperinflación crónica y la sensación de estancamiento perpetuo actuaron como el detonante que hizo que una parte significativa del electorado decidiera "dinamitar" el statu quo.
2. La Falla Sistémica: La Legitimidad Perdida del Neoliberalismo. A una escala más profunda, encontramos la crisis de legitimidad del propio modelo neoliberal global, iniciada con el colapso financiero de 2008. Esa crisis, que en su momento generó movimientos de protesta de izquierda o progresistas (Occupy Wall Street, los Indignados, las jornadas de 2013 en Brasil), dejó una herida abierta: un potente sentimiento anti-establishment que, una década después, la extrema derecha supo capturar y redirigir con una eficacia pasmosa. Figuras como Trump, Bolsonaro y Milei se presentaron como los únicos actores externos al "círculo rojo" o al "pantano" político, capaces de romper con una élite que ya no ofrecía soluciones.
3. El Nuevo Campo de Batalla: La Lógica de la Web 2.0. El tercer factor es tecnológico y cultural. El surgimiento de las plataformas digitales (Facebook, Twitter, YouTube, Instagram, TikTok) no solo cambió la forma en que nos comunicamos: colonizó el campo político. Esta nueva ecología mediática creó una vía de menor resistencia para la acumulación de capital político. Individuos como Milei, sin estructura partidaria tradicional, pudieron convertir su capital mediático (seguidores, viralización, presencia en programas de debate) en capital político y, finalmente, en poder electoral. Son los nuevos "emprendedores políticos", como los define Nunes, que operan con la lógica de un influencer y construyen su base al margen de las instituciones clásicas.
4. El Alma Neoliberal: La Transformación del Habitus. Este es quizás el punto más sociológicamente denso y revelador. Décadas de neoliberalismo, incluso durante los gobiernos progresistas de la "marea rosa", no pasaron en vano. Fueron moldeando un habitus, una segunda naturaleza en la subjetividad de las personas. Se internalizó la idea del "emprendedor de sí mismo", la lógica de la competencia, el mérito individual y la desconfianza hacia lo estatal.
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Paradójicamente, las políticas de inclusión basadas en el consumo, como las implementadas por el lulismo en Brasil, reforzaron esta matriz. Al facilitar el acceso al crédito y fomentar un "emprendedurismo popular" (desde el conductor de Uber hasta el pequeño comerciante), se consolidó una identificación con la figura del emprendedor que ve al Estado, con sus impuestos y regulaciones, como un obstáculo. Cuando la crisis económica golpeó y el sueño del consumo se frustró, la culpa no se dirigió al sistema, sino al Estado "populista" que, desde esta perspectiva, había repartido un bienestar insostenible. El habitus emprendedor, incubado durante años, encontró en el discurso libertario su expresión política más pura.
El "Realismo" de la Derecha y el Desafío Progresista
Esta transformación subjetiva explica por qué, en momentos de crisis, el discurso de la derecha puede parecer más "realista" para amplios sectores populares. Durante la pandemia, mientras se pedía a la gente que se quedara en casa, el gobierno de Bolsonaro militaba activamente contra las cuarentenas. Para el trabajador informal que vive al día, explica Nunes, el discurso que le dice "sal a la calle a ganarte el pan" puede resonar más que el del Estado que le pide un sacrificio que no puede cumplir.
El neoliberalismo, desde sus orígenes, se ha presentado bajo una "lógica sacrificial": hay que aguantar, ajustarse y sufrir por un bien mayor futuro que es la estabilidad económica. Se ha naturalizado la idea de que el Estado es ineficiente y que no hay alternativa al esfuerzo individual. Cuando la derecha radicaliza este postulado, negando cualquier posibilidad de red de seguridad, conecta con una ética de la supervivencia que ya está profundamente arraigada.
Frente a esto, el desafío para el campo progresista es monumental. La extrema derecha entendió antes y mejor que el viejo "realismo político" –el de la gestión, la moderación y el consenso de centro– se había agotado. Supieron leer el hartazgo y atraer el debate hacia su terreno.
La conclusión de Nunes es una llamada de atención: no se puede enfrentar este fenómeno con las herramientas y el diagnóstico del siglo XX. La tarea no es simplemente gestionar lo posible dentro de un marco que se desmorona, sino redefinir radicalmente el horizonte de lo necesario. Ante la crisis climática, el estancamiento capitalista y la precarización de la vida, la única respuesta realista es proponer transformaciones profundas y audaces. El mayor desafío para la política hoy no es administrar la resignación, sino volver a construir un sentido común colectivo donde creer en un futuro radicalmente diferente no sea una utopía, sino una necesidad imperiosa y, sobre todo, posible.







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