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La Generación de la Incertidumbre: Jóvenes entre la Precariedad, el Alquiler Imposible y el Consumo como Fuga

  • R. D'Alessandro
  • 10 ago
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 20 ago

Una silenciosa emergencia recorre el sentir de miles de jóvenes. No es una crisis de valores ni de falta de aspiraciones, como a veces se diagnostica con pereza desde la comodidad de generaciones pasadas. Es una crisis material, concreta y asfixiante. Los resultados de una reciente investigación social en el corazón de la Provincia de Buenos Aires, en Bolívar, actúan como un potente sismógrafo de este fenómeno: más de la mitad de los jóvenes de entre 19 y 27 años no puede pagar un alquiler, un porcentaje similar está disconforme con su precario trabajo y una abrumadora mayoría (63%) ve a las adicciones como un problema grave en su círculo más íntimo.

Estos números fríos son la punta de un iceberg de angustia existencial. Detrás de cada porcentaje hay una historia como la de M., una chica de 24 años que confiesa: "Trabajo todo el día y apenas cobro tengo que separar la plata para la comida porque sé que entre el alquiler y los gastos fijos, en tres o cuatro días me lo gasto todo". O la de J., de 26, que a pesar de estar en pareja y sumar dos ingresos, admite: "Vivimos al día y esperando el día de cobro". Sus voces no son anécdotas aisladas; son el eco de una generación entera atrapada en una encrucijada.

El Capital Económico y el Rito de Pasaje Negado

Desde una perspectiva sociológica, la independencia del hogar familiar es un rito de pasaje fundamental hacia la adultez. Implica la adquisición no solo de autonomía, sino de un capital espacial y simbólico propio. Sin embargo, para la juventud actual, este rito está siendo sistemáticamente bloqueado. La imposibilidad de acceder a una vivienda, con alquileres que devoran la mayor parte de un salario precario y requisitos de ingreso leoninos, no es solo un problema económico; es un tapón en el desarrollo biográfico de millones de personas.

Aquí se manifiesta una fractura en el habitus, ese sistema de disposiciones que internalizamos y que nos hace actuar de cierta manera. Las generaciones anteriores internalizaron la idea de que el esfuerzo conducía a una progresión lineal: estudio, trabajo, ahorro, casa, familia. El campo social actual, sin embargo, ha cambiado las reglas. El esfuerzo, para muchos jóvenes, solo conduce a la subsistencia. Esta disonancia entre las expectativas heredadas y la realidad objetiva genera lo que los focus groups detectaron como "situaciones de alto estrés". No es un estrés psicológico individual, es un estrés social y estructural. Es la ansiedad de saber que las viejas recetas ya no funcionan.

El Consumo como Fuga y la Lógica del Presente Eterno

Cuando el futuro se vuelve un horizonte inalcanzable, el presente se magnifica. Los analistas detectaron un comportamiento revelador: la búsqueda de "satisfacciones inmediatas" a través de compras compulsivas. Este acto, que podría ser juzgado como irresponsable, es en realidad una respuesta profundamente racional a un contexto irracional. Si ahorrar es imposible porque la inflación devora cualquier excedente y el sueño de la casa propia es una quimera, ¿qué sentido tiene la postergación del deseo?

Este fenómeno es una forma de adquirir un capital simbólico efímero. La compra de unas zapatillas, una salida o un pequeño gadget tecnológico no es solo un gasto; es un acto de autoafirmación, una forma de decir "todavía existo" y "merezco algo" en un sistema que parece negarles todo proyecto a largo plazo. Es la lógica del carpe diem forzado por la precariedad, una micro-rebelión contra la tiranía de la incertidumbre.

El Refugio Químico: Cuando el Tejido Social se Desgarra

Paralelamente a la fuga en el consumo, aparece otra, mucho más peligrosa: la fuga química. El dato de que casi dos tercios de los jóvenes perciben las adicciones como un problema grave en su entorno es alarmante. El abuso de alcohol y, sobre todo, la mención específica a la cocaína como amenaza principal, revela una herida profunda en el tejido social.

El consumo problemático rara vez es una elección hedonista y aislada. Suele ser un síntoma, un anestésico para el dolor de la exclusión, la falta de futuro y la ansiedad. Cuando el trabajo no dignifica, cuando los vínculos afectivos se tensionan por la falta de dinero y cuando la sociedad no ofrece un horizonte de esperanza, el refugio en las sustancias se convierte en una salida para muchos. Es la manifestación más oscura de la anomia social: un estado donde las normas que cohesionan a la sociedad pierden su poder y el individuo queda a la deriva.

Un Desafío para la Política

Este panorama no es solo un conjunto de problemas individuales; es un desafío colectivo y, fundamentalmente, político. Una sociedad que condena a su juventud a la precariedad está hipotecando su propio futuro. La energía, la innovación y la fuerza de este segmento demográfico, en lugar de ser un motor de desarrollo, corren el riesgo de convertirse en una fuente de inestabilidad y descontento.

Ignorar estas señales sería un error estratégico de primer orden para cualquier dirigente. Las respuestas no pueden ser meros parches o discursos vacíos. Se requieren políticas públicas audaces y estructurales que ataquen la raíz del problema: acceso a la vivienda, regulación de la precariedad laboral, y sistemas de contención y salud mental robustos y accesibles.

La generación de la incertidumbre no pide milagros. Pide, simplemente, que se le devuelva la posibilidad de proyectar un futuro. Pide que el esfuerzo vuelva a tener sentido y que la palabra "mañana" no sea sinónimo de angustia, sino de esperanza. Escucharla no es una opción, es una obligación.

 
 
 

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