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Juventud Argentina: Radiografía de una Generación Digital, Híbrida y Prosumidora

  • R. D'Alessandro
  • 15 jul
  • 12 Min. de lectura

Actualizado: 28 jul

La juventud argentina contemporánea habita un ecosistema cultural radicalmente distinto al de generaciones anteriores. Es un paisaje complejo, definido por la hegemonía casi absoluta del entorno digital, la centralidad indiscutible del teléfono celular como dispositivo mediador y una dinámica constante entre las tendencias globales y las identidades locales. Un análisis exhaustivo de sus hábitos, prácticas y preferencias, enfocado en los grupos de adolescentes (13 a 17 años) y jóvenes (18 a 29 años), revela que este segmento demográfico no es un mero espectador, sino la vanguardia que lidera las transformaciones culturales del país, marcando el ritmo en la adopción de nuevas tecnologías, formatos y lógicas de consumo.

Lejos de ser receptores pasivos, los jóvenes argentinos se han erigido como "prosumidores": agentes activos que no solo consumen, sino que también producen, remezclan, comentan y distribuyen contenido. Navegan con fluidez entre lo global y lo local, lo digital y lo presencial, configurando una identidad híbrida y multifacética. Este perfil dinámico, que se forja en las redes sociales, se socializa en los videojuegos y encuentra su banda sonora en las plataformas de streaming, presenta desafíos y oportunidades cruciales. Tanto las políticas públicas como las industrias culturales se ven obligadas a adaptarse a un nuevo paradigma de convergencia, personalización y participación si desean conectar con una generación que está reescribiendo las reglas del juego cultural.


La Infraestructura del Consumo: El Hogar Digitalizado y la Omnipresencia del Smartphone

Para comprender las prácticas culturales de la juventud actual, es indispensable analizar primero la infraestructura material y tecnológica que las sustenta. El hogar argentino se ha transformado en un verdadero centro de operaciones digital, un pilar sobre el cual se construyen los hábitos de consumo de una manera que hubiera sido impensable hace apenas una década. Los datos pintan un panorama de altísima penetración tecnológica, que constituye la base para la dieta cultural juvenil.

El dato más contundente es la omnipresencia del teléfono celular. Con un 97% de los hogares poseyendo al menos un dispositivo, el smartphone ha trascendido su función original para convertirse en un objeto prácticamente universal. Esta cifra se complementa con una conectividad generalizada: un 92% de la población cuenta con conexión a internet en su celular y un 88% dispone de conexión en el hogar. Esta combinación de dispositivo y conexión permanente ha provocado una "deslocalización" de la cultura. Si en 2013 el acceso a internet estaba mayoritariamente anclado a una computadora fija en un rincón del hogar, hoy el consumo cultural ha perdido su atadura a un espacio físico determinado. Se ha vuelto portátil, personal y accesible en cualquier momento y lugar.

En este contexto, el teléfono celular ha dejado de ser un mero aparato de comunicación para metamorfosearse en una "prótesis cultural". Es el epicentro, la interfaz primordial a través de la cual los jóvenes experimentan, gestionan, producen y comparten cultura. Es su sala de cine, su equipo de música, su consola de videojuegos, su biblioteca y su plaza pública. Cualquier estrategia de la industria creativa o política cultural que no parta de una lógica "mobile-first" corre el grave riesgo de quedar desconectada de la realidad tangible del consumo juvenil.

A pesar del auge de las pantallas individuales, el televisor persiste con una fuerte presencia en el 90% de los hogares. Sin embargo, su rol ha sido reconvertido. A menudo transformado en "Smart TV", funciona como un portal hacia las plataformas de streaming, un centro de entretenimiento familiar que coexiste con el consumo individual en los celulares. Otros dispositivos como la computadora (presente en el 62% de los hogares) y la tablet (25%) complementan este ecosistema.

Lejos de un escenario de sustitución simple, donde lo nuevo aniquila a lo viejo, los datos revelan una "gran convivencia". Las prácticas digitales no eliminan las tradicionales, sino que se integran, las reconfiguran y generan un ecosistema híbrido y complejo. Se mira televisión mientras se comenta activamente en redes sociales; se asiste a recitales cuya música se descubrió en Spotify; se leen libros en papel recomendados por un booktuber en YouTube. Las narrativas simplistas sobre "la muerte de la TV" o "el fin de los libros" se muestran insuficientes para describir una realidad donde los distintos medios y formatos se combinan y resignifican constantemente en la dieta cultural cotidiana de los jóvenes.


El Dominio de la Pantalla: La Revolución Audiovisual y el Videojuego como Espacio Social

El tiempo y la atención de los jóvenes argentinos se disputan y se consumen, en gran medida, frente a una pantalla. El consumo audiovisual y los videojuegos han trascendido su estatus de meros pasatiempos para convertirse en prácticas culturales centrales que estructuran el ocio, las interacciones sociales y la construcción de identidades.

Del Living a la Palma de la Mano: La Transformación del Consumo Audiovisual

El modo en que los jóvenes se relacionan con el contenido audiovisual ha sufrido una revolución. La hegemonía de la televisión lineal ha sido desafiada por el ascenso imparable del streaming on-demand, generando un ecosistema dual. Por un lado, la TV tradicional (de aire o por cable) persiste, alcanzando al 91% de la población. Sin embargo, su valor reside cada vez más en la transmisión de contenidos en vivo y sincrónicos, como los noticieros y, fundamentalmente, los eventos deportivos. Los jóvenes no han abandonado la TV, pero la utilizan para propósitos específicos que el streaming no puede cumplir, como la inmediatez de un partido de fútbol que une a la audiencia en un "aquí y ahora" compartido. Aun así, se observa un claro declive generacional: mientras que el 98% de los mayores de 65 años ve TV, la cifra desciende al 84% entre los jóvenes de 18 a 29 años.

El verdadero protagonista de la transformación es el streaming. En 2022, el 65% de la población afirmó mirar películas o series a través de plataformas web, un salto exponencial desde el 22% registrado en 2013. Los jóvenes son los líderes indiscutidos de esta tendencia, con el grupo de 18 a 29 años presentando la tasa de uso más alta, con un 77,6%. El mercado está dominado por gigantes globales como Netflix, Amazon Prime Video y Disney+, que compiten ferozmente con contenido original y estrategias de precios. El Smart TV se ha consolidado como el dispositivo preferido para el streaming (59%), pero la importancia del celular es crucial, acaparando un 28% de este consumo y garantizando la portabilidad de la experiencia.

Este cambio ha transferido el poder de la curaduría. Si antes los programadores de los canales de TV dictaban la oferta, ahora el algoritmo juega un papel central. Un revelador 42% de las elecciones de contenido están directamente influenciadas por las sugerencias de las plataformas, evidenciando un consumo personalizado y asincrónico, adaptado al tiempo y gusto de cada usuario.


El Videojuego como Práctica Cultural Central

El videojuego ha dejado de ser un nicho para convertirse en una de las prácticas culturales más extendidas y significativas para la juventud argentina. Mientras que un 33% de la población total jugó videojuegos en 2022, esta cifra se dispara de manera espectacular entre los más jóvenes: un 82% de los adolescentes de 13 a 17 años y un 52% de los jóvenes de 18 a 29 años son jugadores. Estos números desmitifican la idea del videojuego como una actividad minoritaria y la posicionan como una experiencia cultural masiva.

La revolución del gaming ha sido impulsada por el dispositivo más ubicuo: el teléfono celular. En 2022, el 79% de los jugadores utilizaba su smartphone para jugar. El gaming ha evolucionado para convertirse en un "tercer espacio" social, un entorno digital que complementa al hogar y a la escuela o el trabajo. En este espacio se forjan amistades, se construyen jerarquías basadas en la habilidad y se participa en una vibrante cultura comunitaria. El ecosistema va más allá del acto de jugar: incluye el consumo de streams en plataformas como Twitch, la participación en comunidades en Discord y la asistencia a eventos presenciales.

Sin embargo, esta práctica sigue marcada por una persistente brecha de género. A nivel general, juegan el 26% de los varones frente al 13% de las mujeres. Aunque el número absoluto de jugadoras ha crecido, la práctica sigue siendo predominantemente masculina. Esta brecha no es solo una diferencia de consumo, sino una brecha en el acceso a una de las principales arenas de socialización juvenil contemporánea.


La Banda Sonora de una Generación: Hibridación entre lo Global y lo Local

La música representa la práctica cultural más universal y transversal, y para los jóvenes, constituye un elemento esencial de la vida cotidiana y un pilar en la construcción de su identidad. El consumo es casi absoluto, con una escucha diaria para la gran mayoría. La principal transformación ha sido el vehículo de consumo: el teléfono celular es el rey indiscutido, utilizado por el 76% de la población para escuchar música. Consecuentemente, el 80% de la población consume música a través de internet.

Este cambio ha consolidado el dominio de las plataformas de streaming. El audio streaming, con Spotify como líder preferido, y el video streaming a través de YouTube, son las principales puertas de acceso al universo musical. La intensidad del consumo es notable: los argentinos dedican un promedio de 26.4 horas semanales a escuchar música, una cifra que supera la media de otros mercados clave a nivel mundial.

La dieta musical de los jóvenes es diversa y ecléctica, reflejando una hibridación cultural. Los géneros más escuchados son la cumbia y el reguetón, seguidos de cerca por el rock nacional, el pop y el RKT. Este listado evidencia una convivencia fluida entre los ritmos urbanos latinos de alcance transnacional, la persistencia de un género con profundo arraigo histórico como el rock nacional, y la vitalidad de escenas locales como la cumbia y sus derivados más recientes.

En medio de este panorama, emerge un fenómeno sorprendente: la fuerte y creciente presencia del rock nacional en los hábitos de escucha de la Generación Z. Según datos de plataformas, un 60% de los jóvenes en Argentina escucha rock, desmintiendo la noción de que sea un género del pasado. Las reproducciones de rock argentino aumentaron un impresionante 233% entre 2018 y 2023. Lo más revelador es que el top de artistas más escuchados incluye mayoritariamente a bandas y solistas consagrados en décadas anteriores, como Babasónicos, Airbag, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Soda Stereo y Gustavo Cerati.

Este fenómeno no es una simple herencia pasiva de los gustos de sus padres. En un contexto de oferta musical infinita y personalizada por algoritmos, la elección activa de escuchar rock clásico se convierte en un acto de curaduría nostálgica. Es una práctica identitaria, una forma de conectarse con un legado cultural percibido como "auténtico" y de construir un capital simbólico. La Generación Z está utilizando las herramientas tecnológicas del presente para explorar, resignificar y apropiarse del pasado cultural argentino, demostrando una tensión dinámica y productiva entre lo global y lo local.

El trap, es el genero musical de mayor impacto cultural junto al rock. Es un subgénero musical del hip-hop que surgió en la década de 1990 en los barrios marginales de Atlanta, Estados Unidos. Su nombre deriva del término "trap houses", que en la jerga local se refiere a las casas donde se vende droga. Aunque sus raíces se remontan a los 90, su auge global y su llegada a América Latina ocurrieron principalmente después de 2010.  

Las letras del trap suelen ser explícitas y directas, con un carácter desvergonzado y atrevido. Abordan temas como la vida en la calle, la violencia y la delincuencia.   

el consumo y la venta de drogas; la ostentación de riqueza, el dinero y los bienes materiales como símbolo de éxito y, en ocasiones, un lenguaje sexista que ha generado controversia.

En Argentina aunque algunos artistas como Neo Pistea ya experimentaban con el género desde 2014, el trap comenzó a popularizarse masivamente en Argentina alrededor de 2017. La escena local tiene sus raíces en las competencias de freestyle, especialmente en "El Quinto Escalón", un evento en el Parque Rivadavia que se convirtió en la cuna de una nueva ola de artistas.   


  • Exponentes principales: De estas batallas surgieron figuras clave que hoy dominan la escena, como Duki, YSY A (creador de El Quinto Escalón), Khea, Trueno, Neo Pistea, Cazzu y Nicki Nicole.   


  • El rol de Bizarrap: El productor Bizarrap (BZRP) fue fundamental para la viralización del género. Sus famosas "Music Sessions", grabadas en su estudio casero, se convirtieron en una plataforma de lanzamiento para artistas emergentes y colaboraciones con figuras consagradas, alcanzando un éxito masivo en toda América Latina y el mundo.   


  • Fusión y evolución: El trap argentino ha demostrado una gran capacidad para fusionarse con otros estilos, combinando elementos del reguetón, la electrónica e incluso el tango, creando un sonido único con identidad local.   


Impacto en la Juventud Argentina

El trap se ha convertido en una expresión poderosa de la identidad juvenil contemporánea en Argentina.   Su lenguaje y vocabulario se ha integrado en el habla cotidiana de los jóvenes. Para muchos, es una forma de expresar su perspectiva de la sociedad y las realidades de la vida en los barrios.   

A su vez, el género es objeto de debate. Sus letras, que a menudo glorifican el dinero, las drogas y la violencia, y que pueden presentar a la mujer de forma hiper sexualizada, son motivo de preocupación para padres y educadores.    

Paradójicamente, pesar de su discurso a menudo capitalista y de ostentación, el trap también puede contener críticas sociales y ser un vehículo para que una nueva generación exprese sus realidades y frustraciones.   


Ser y Estar en el Mundo Digital: Redes Sociales, Identidad y la Cultura de la Segunda Pantalla

Para la juventud argentina, las redes sociales no son una herramienta más; son el ecosistema donde transcurre una parte sustancial de su vida social, informativa y afectiva. Su uso es universal en los segmentos más jóvenes y su análisis revela patrones de comportamiento y segmentación generacional. No existe "la" red social, sino un ecosistema diversificado.

Instagram es la plataforma líder entre los jóvenes, el principal espacio de la performance visual y la interacción social. TikTok, con su crecimiento explosivo, es la preferida por los adolescentes, consolidada como la plataforma central de entretenimiento. YouTube mantiene una presencia sólida en todos los grupos etarios como un repositorio universal de contenido. Facebook, en cambio, envejece; aunque resiste como una plataforma relevante, su centralidad entre los jóvenes ha disminuido drásticamente. Finalmente, X (antes Twitter) se consolida como una red de nicho para el debate sobre actualidad, con mayor penetración entre universitarios.

El vínculo de los jóvenes con las redes es intensivo. La actividad alcanza su punto máximo durante la noche, y el tiempo de conexión promedio se sitúa en torno a las 3 horas y 45 minutos diarios. Este pico de uso nocturno coincide directamente con el prime time de la televisión y el consumo de streaming, revelando una cultura del "second screen" (segunda pantalla). Los jóvenes no eligen entre ver una serie o navegar por Instagram; a menudo, hacen ambas cosas simultáneamente. La experiencia cultural se desdobla: por un lado, está el consumo del contenido primario (la película, el partido) y, por otro, el meta-consumo en redes (los comentarios, los memes, las reacciones).

Más allá del entretenimiento y la información, el rol más profundo de las redes sociales reside en la construcción de la identidad. Son "plataformas del yo", espacios donde los jóvenes se exhiben, se narran y construyen una identidad digital. La interacción, los "me gusta" y los seguidores se convierten en un termómetro de validación social, y la pertenencia a una comunidad, a menudo articulada en torno a influencers, es un elemento central.


Prácticas en Tensión: La Lectura Cautiva y el Valor de la Experiencia Presencial

En un ecosistema dominado por lo digital, las prácticas tradicionales como la lectura y la asistencia a eventos presenciales no desaparecen, pero sí se reconfiguran. A primera vista, los jóvenes se destacan como el grupo que más lee: un impresionante 77% de los adolescentes de 13 a 17 años afirma haber leído al menos un libro en el último año. Sin embargo, esta estadística esconde una realidad más compleja. La lectura juvenil está intrínsecamente ligada a la obligación escolar. La escuela es "la gran ocasión" para el encuentro con los libros, lo que sugiere una "lectura cautiva". El verdadero desafío cultural se evidencia en la drástica caída del hábito lector una vez que termina la escolaridad, desplomándose a partir de los 30 años. Este fenómeno se ve agravado por la escasez de libros en los hogares, lo que dificulta que el hábito se arraigue más allá de la etapa escolar.

Por otro lado, tras la pandemia, se ha observado una notable recuperación de la asistencia a eventos culturales presenciales, demostrando una necesidad latente de encuentro y experiencia colectiva. Los recitales y festivales son la práctica presencial preferida por los jóvenes, con una asistencia masiva (43% entre los 18 y 29 años). En un contexto donde la música es accesible de forma ilimitada online, el atractivo del concierto reside en la búsqueda de la experiencia colectiva. Ir a un recital es un ritual de pertenencia, una forma de encarnar la identidad musical y compartir una energía comunitaria que el consumo digital no puede replicar. El valor se ha desplazado del contenido a la experiencia.


Factores Determinantes: Influencers, Pares y las Brechas que Persisten

Los consumos culturales juveniles no ocurren en un vacío. Están profundamente moldeados por la influencia social y las condiciones estructurales. Durante la adolescencia, el grupo de pares emerge como la principal instancia de socialización, y los consumos culturales (música, ropa, series) se convierten en marcadores de pertenencia.

A esta influencia se ha sumado la poderosa figura del influencer o creador de contenido. Personalidades de YouTube, Instagram y TikTok se han convertido en referentes para la cultura adolescente, basando su influencia en una ilusión de cercanía que genera empatía y pertenencia. Sin embargo, esta figura tiene una doble faz. Por un lado, actúan como curadores que ofrecen "paquetes identitarios". Por otro, la exhibición constante de una vida estetizada e inalcanzable puede acelerar la ansiedad y la frustración, generando un "cruel optimismo".

A pesar de la digitalización, el panorama de consumos sigue marcado por profundas desigualdades. La idea de una cultura juvenil homogénea es un mito. El nivel socioeconómico sigue siendo un determinante clave para el acceso a eventos pagos, la compra de libros o la adquisición de tecnología. Más allá del acceso a dispositivos (la "primera brecha digital"), existen brechas de segundo nivel relacionadas con las habilidades para usar las tecnologías de manera crítica y productiva. Finalmente, la geografía de la oportunidad cultural es profundamente desigual, con una "metropolitanización" de la oferta en Buenos Aires que genera "ciudadanías culturales" de distinta intensidad, donde el lugar de residencia amplía o restringe el horizonte de posibilidades.


Conclusión: El Perfil del Joven Prosumidor y los Desafíos del Futuro

El análisis detallado revela el perfil de un joven prosumidor, digitalmente nativo, socialmente conectado y culturalmente híbrido. Este agente activo, que crea playlists, viraliza videos y genera memes, plantea desafíos cruciales. Para las políticas públicas, es imperativo cerrar las brechas de acceso y, fundamentalmente, invertir en una alfabetización mediática y digital crítica, además de fomentar la producción local con una perspectiva federal. Para las industrias culturales, la adaptación es una cuestión de supervivencia: deben dirigirse a un consumidor que es también un creador, valorando la autenticidad, el diálogo y la comunidad.

El futuro del paisaje cultural juvenil se definirá por la evolución de estas tendencias. Quedan abiertas preguntas fundamentales sobre cómo evolucionará la brecha de género en el gaming, si la lectura por placer ganará terreno frente a la pantalla, y cómo impactará la irrupción de la inteligencia artificial generativa en estas prácticas de creación, consumo y construcción de la identidad. Las respuestas a estas preguntas configurarán la cultura de la próxima década.


 
 
 

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