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El Costo de la Calma: Por Qué el Swap de EE.UU. es Más que un Rescate Financiero

  • C. Esposito
  • 10 oct
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 20 oct

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Viejos conocidos: El ministro Luis Caputo y Scott Besen, secretario del Tesoro de Estados Unidos, fueron socios en el fondo de inversión QFR.


“No queremos que Argentina sea un estado fallido”. La frase, despojada de cualquier eufemismo diplomático, no pertenece a un académico en un seminario de relaciones internacionales. La pronunció Scott Bessent, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, el hombre que acaba de autorizar una de las intervenciones financieras más directas y potentes en la historia reciente del país. Mientras en Buenos Aires el presidente Javier Milei celebraba en redes sociales y calificaba a su ministro de Economía, Luis Caputo, como “el mejor de la historia”, en Washington se terminaba de delinear la gramática de una dependencia.

El paquete de asistencia, compuesto por un swap de divisas de 20.000 millones de dólares y la compra directa de pesos por parte del Tesoro norteamericano para intervenir el mercado cambiario, fue presentado como un salvataje. Un acto de respaldo a un gobierno amigo para garantizar la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, un análisis de los sistemas y lógicas detrás de la operación revela una realidad distinta. No se trata de un rescate; es una transacción. Una en la que Argentina compra tiempo y calma cambiaria de cara a las elecciones legislativas del 26 de octubre, a cambio de un activo mucho más valioso: la soberanía.

La Lógica de la Intervención: Inversión y Geopolítica

La primera pieza que desmonta el relato del auxilio desinteresado la proveyó el propio Bessent. Al justificar la medida, se cuidó de no llamarla un gasto o una ayuda, sino una inversión estratégica. “El secreto es comprar barato y vender caro”, afirmó, delatando que el Tesoro no ve a la Argentina como un socio en problemas, sino como un activo subvaluado. La intervención no es un acto de caridad, es una apuesta financiera donde el Tesoro estadounidense espera un retorno.

Pero el retorno más significativo no es monetario. Es geopolítico. Bessent fue explícito al vincular el desembolso con un compromiso asumido por el presidente Milei: “deshacerse” de la influencia de China. Este acuerdo, por tanto, debe ser leído menos en las páginas de economía de los diarios y más en el contexto de la nueva Guerra Fría. Los 20.000 millones de dólares funcionan como el capital necesario para que Argentina cancele su swap con Beijing y revise los megaproyectos de infraestructura financiados por el gigante asiático. La operación, por tanto, desborda la lógica financiera para inscribirse de lleno en la gramática del poder global. Estados Unidos no está salvando una economía; está asegurando un alfil en un tablero que le es cada vez más adverso en América Latina. El precio es la obediencia.

El Eco de la Historia: Cavallo, Deuda y Control

Para entender la mecánica profunda de lo que está ocurriendo, es necesario observar los patrones históricos. El economista Horacio Rovelli traza un paralelismo escalofriante con dos momentos definitorios orquestados por Domingo Cavallo. Primero, con los seguros de cambio de 1982, un mecanismo que estatizó la deuda privada de grandes corporaciones tras la crisis de Malvinas. Segundo, con el Megacanje de 2001, una reestructuración de deuda que, bajo la promesa de aliviar los vencimientos, terminó por hundir al país con tasas usurarias y condiciones leoninas.

La estructura actual, advierten voces como la de Rovelli, es análoga. Se utiliza la emergencia para introducir mecanismos de endeudamiento que benefician a un sector concentrado —bonistas y grandes empresas endeudadas en dólares— mientras se transfiere el riesgo al Estado. El swap funciona como una garantía para los acreedores, y la intervención directa del Tesoro norteamericano es la herramienta para asegurar la calma hasta que el nuevo esquema de poder esté consolidado. Se trata, una vez más, de un salvataje, pero no a la Argentina, sino a los capitales que apostaron por ella y ahora exigen una salida segura.

Este esquema, además, se monta sobre una arquitectura institucional precaria. El economista Claudio Lozano ha señalado que un acuerdo de esta magnitud, que compromete el futuro del país y cede facultades monetarias, debería pasar obligatoriamente por el Congreso Nacional. La decisión de manejarlo como un acuerdo entre ejecutivos es un síntoma de la degradación democrática: se prioriza la velocidad de la transacción sobre la legitimidad del proceso.

El Calendario Político y el Futuro Inmediato

La pregunta fundamental es: ¿por qué ahora? La respuesta se encuentra en el calendario electoral. El gobierno de Milei necesitaba con urgencia un "respirador artificial", en palabras de Lozano, para llegar al 26 de octubre sin una corrida cambiaria que dinamitara sus posibilidades electorales. La asistencia estadounidense es, en su dimensión más pragmática, un instrumento de política doméstica. Garantiza una paz armada en el frente financiero para que el oficialismo pueda sortear el test de las legislativas.

Pero la calma tiene fecha de vencimiento. Los análisis más críticos coinciden en que, una vez superada la elección, se ejecutará la segunda fase del plan. Esta incluiría una devaluación no menor al 40%, la implementación de reformas estructurales regresivas (previsional, laboral) contenidas en la "hoja de ruta" del FMI y el inicio del pago real de este "rescate": la entrega del control sobre recursos estratégicos como Vaca Muerta, el litio y la hidrovía.

La intervención del Tesoro de EE.UU., por lo tanto, no es el final de la crisis. Es el prólogo de su siguiente capítulo. Un capítulo donde la estabilidad de corto plazo se paga con una dependencia estructural de largo plazo. Lo que se ha firmado no es solo un acuerdo financiero, sino la aceptación de una tutela que condicionará la política económica y exterior de Argentina por los próximos años. El silencio del dólar en las cuevas de la city porteña es, hoy, el sonido más elocuente del costo de la calma.


La Cesión de la Soberanía Monetaria

Más allá del análisis geopolítico y de la condicionalidad explícita para desplazar a China, el punto crucial advertido por diversos economistas es la naturaleza inédita de la intervención directa del Tesoro de los Estados Unidos en el mercado cambiario argentino. Este hecho no es un simple detalle técnico, sino que representa un punto de inflexión y una pérdida de soberanía en la práctica.

El argumento se desarrolla en los siguientes términos:

  1. Tercerización de la Política Cambiaria: Al ser el Tesoro norteamericano, a través de bancos intermediarios, quien opera directamente comprando pesos y vendiendo dólares para fijar un techo al tipo de cambio, se está cediendo una de las herramientas más críticas de la política económica de cualquier nación. En la práctica, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) queda desplazado de su función primordial, y es un actor extranjero quien decide el precio y el volumen de las operaciones que determinan el valor de la moneda.

  2. Injerencia Directa, no Indirecta: A diferencia de los condicionamientos habituales del FMI, que establece metas y lineamientos que el gobierno local debe ejecutar, este mecanismo es una injerencia directa y operativa. No es una recomendación, sino una acción. Esto crea un precedente peligroso, donde la gestión de la estabilidad cambiaria ya no depende de decisiones (acertadas o no) de funcionarios locales, sino de la discrecionalidad de la Secretaría del Tesoro de EE.UU.

  3. Pérdida de Autonomía y Control: La consecuencia fundamental es una pérdida tangible de autonomía. El gobierno argentino renuncia al control sobre una variable clave que afecta a toda la economía —desde la inflación hasta la producción— a cambio de una estabilidad temporal. Este "préstamo" de la política monetaria, según esta visión crítica, es el costo más alto y menos visible del acuerdo, transformando un respaldo financiero en una forma de tutelaje económico directo.




 
 
 

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