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La Pobreza Baja, la Desigualdad Persiste: El Espejismo del Promedio Nacional

  • R. D'Alessandro
  • 27 sept
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 5 oct

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El dato es una sentencia. En Argentina, el 45,4% de los niños y niñas de entre 0 y 14 años viven en hogares pobres. Casi la mitad. Esta cifra, enterrada en los cuadros anexos del más reciente informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), opera como un ancla que fija a la realidad, impidiendo que la discusión pública se extravíe en el alivio superficial de los promedios.


El titular oficial, sin embargo, cuenta otra historia. Durante el primer semestre de 2025, la incidencia de la pobreza a nivel nacional descendió al 31,6% de las personas. Este número representa una caída significativa de 6,5 puntos porcentuales en comparación con el semestre anterior. La indigencia, la forma más extrema de la privación, también retrocedió, ubicándose en 6,9%. En términos absolutos, son 9,5 millones de personas en situación de pobreza, de las cuales 2,1 millones son indigentes. La mejora, en el agregado, es innegable y estadísticamente robusta.

El mecanismo detrás de este respiro es puramente técnico y se encuentra en la dinámica de precios e ingresos. El informe del INDEC es explícito: mientras que el costo de la Canasta Básica Total (CBT) promedio aumentó un 12,3% y el de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) un 13,2%, el ingreso total de las familias registró un incremento del 26,3% en el mismo período. Dicho de otro modo, los ingresos, por un semestre, le ganaron la carrera a la inflación de los bienes y servicios esenciales. Este descalce transitorio permitió que un segmento de la población lograra cruzar, con lo justo, la línea de flotación.

Pero el análisis sistémico, el que busca comprender el "cómo funciona" de los fenómenos sociales más allá de la coyuntura, obliga a desmontar este promedio. El optimismo del titular se disuelve cuando se examinan las fallas estructurales que el propio informe revela. La aparente recuperación no es homogénea ni profunda; es un espejismo que oculta realidades inalteradas.

La Brecha Inalterable: Más Cerca del Borde, No del Centro
El primer elemento que agrieta el relato de la recuperación es la brecha de pobreza. Este indicador mide la distancia entre los ingresos de los hogares pobres y el costo de la canasta básica que no logran cubrir. Para el primer semestre de 2025, esta brecha se ubicó en un 37,0%. En promedio, un hogar pobre tuvo ingresos por $671.492, cuando necesitaba $1.065.691 para no serlo.

El dato crucial es que esta distancia se mantuvo "sin cambios respecto del segundo semestre de 2024". La implicancia es fundamental: aunque menos gente es estadísticamente pobre, aquellos que permanecen en esa condición están tan lejos de superarla como antes. La mejora no se tradujo en un fortalecimiento de los ingresos del núcleo duro de la pobreza. El sistema no está incluyendo a los más vulnerables; simplemente ha movido la línea de llegada, permitiendo que los que estaban más cerca la crucen, mientras que el resto sigue corriendo la misma carrera, a la misma distancia.

Además, la cruda medición por ingresos, aunque vital, tiene sus límites conceptuales y prácticos. ¿No es pobre un trabajador o trabajadora que debe dedicar doce, catorce o dieciséis horas por día, combinando empleos precarios, para apenas alcanzar la Canasta Básica Alimentaria y mantener a su familia fuera de la indigencia? La pobreza va más allá de un umbral monetario; implica la erosión del tiempo, la dignidad y la capacidad de proyectar un futuro. La mera subsistencia, a costa de una explotación extenuante, también es una forma de privación severa que las estadísticas de ingreso no siempre capturan.

El Rostro Infantil de la Pobreza: Una Condena Generacional
El segundo, y más alarmante, factor estructural es la infantilización de la pobreza. El 45,4% de los menores de 14 años son pobres. La cifra se eleva al 46,1% si se considera a la población de 0 a 17 años. Este número contrasta de forma violenta con la tasa de pobreza en otros grupos etarios: es del 37,0% para jóvenes de 15 a 29 años, del 27,7% para adultos de 30 a 64, y de apenas un 10,8% para los mayores de 65 años.

Esta asimetría generacional es el registro más fiel de una sociedad que ha roto su contrato de futuro. El sistema de transferencias y seguridades parece proteger con mayor eficacia a los adultos mayores que a los niños, que constituyen el 32,2% de la población pobre total, a pesar de ser solo el 22,4% de la población general. La pobreza no solo tiene un rostro joven, sino que su peso recae desproporcionadamente sobre quienes no tienen capacidad de generar ingresos ni representación política propia. La mejora del promedio nacional no ha logrado revertir esta condena estructural que hipoteca el desarrollo cognitivo, sanitario y social de casi la mitad de la próxima generación.

El Mapa Roto de la Desigualdad Territorial
Finalmente, el promedio nacional oculta profundas fracturas geográficas. La recuperación no se distribuyó de manera equitativa en el territorio. La región del Noreste (NEA) sigue siendo la más castigada, con un 39,0% de su población en situación de pobreza. Le sigue Cuyo, con un 33,8%. En el otro extremo, la Patagonia presenta la menor incidencia, con un 27,0%.

Dentro de las regiones, existen bolsones de criticidad que superan ampliamente la media. El aglomerado de Concordia exhibe una tasa de pobreza del 49,2%, mientras que en Gran Resistencia alcanza el 48,1%. Estas cifras, que rozan el 50%, muestran la existencia de un país fragmentado, donde el lugar de nacimiento y residencia es un factor determinante de las oportunidades de vida. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con un 15,1% de pobreza, parece habitar una realidad paralela a la de los partidos del Gran Buenos Aires, donde la tasa escala al 35,3%.

La conclusión es ineludible. El descenso de la pobreza es una noticia positiva en su dimensión estadística, un alivio temporal producto de una ventana donde los salarios corrieron por encima de los precios básicos. Sin embargo, no representa una modificación de las lógicas subyacentes que producen y reproducen la desigualdad en Argentina. La brecha de ingresos de los más pobres sigue siendo igual de profunda, la condena sobre la infancia no ha cedido y el mapa del país continúa fracturado por la inequidad. La fotografía del semestre es mejor, pero la estructura de la exclusión permanece intacta.




 
 
 

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