El Engaño de los Siete Mil Millones
- C. Esposito
- 26 sept
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 5 oct

Siete mil millones de dólares. Ese fue el precio de la llamada. No fue una negociación. Fue una prueba de lealtad. La reciente y fugaz eliminación de las retenciones a la soja no se gestó en la Secretaría de Agricultura ni en una mesa de diálogo con el campo. Se cocinó en una conversación telefónica, bajo la presión de un equipo económico desesperado por conseguir dólares para frenar una corrida.
Y la orden no vino de adentro.
La operación relámpago, liderada por el ministro Luis Caputo, se presentó al público como un gesto de confianza hacia el sector más productivo del país. La realidad, sin embargo, es un espejo de la fragilidad estructural del gobierno. Según trascendió, la condición para que el Tesoro del nuevo gobierno de Donald Trump, a través de su operador Scott Bessent, siquiera considerara un rescate financiero para Argentina, era una: muestren los dólares.
No promesas. Dólares genuinos.
Lo que siguió fue una pieza de manual del poder asimétrico. El gobierno, acorralado, se dio vuelta y trasladó la exigencia a los productores. La Mesa de Enlace fue convocada no para diseñar una política, sino para cumplir una cuota. Se les ofreció una ventana de retenciones cero a cambio de un compromiso de liquidación de 7.000 millones de dólares.
La Letra Chica del Trato
Aquí es donde reside la arquitectura del engaño. La promesa era simple: por un tiempo limitado, el productor podría vender su soja sin el zarpazo del 33% del Estado. Atractivo en el titular, pero una trampa en la práctica.
¿Por qué? Porque la condición era que todos liquidaran al mismo tiempo para alcanzar la meta de los 7.000 millones. Cuando miles de productores, grandes y chicos, corren a vender su cosecha en la misma ventana de tiempo, provocan una avalancha de oferta. La ley más básica del mercado dicta que, ante esa inundación de producto, el precio interno se desploma.
Y en el otro lado del mostrador, esperando con las billeteras abiertas, no está el consumidor final. Están las cuatro o cinco grandes empresas agroexportadoras que controlan el mercado.
La maniobra, entonces, fue perfecta. Para ellas. El productor, presionado por la ventana de oportunidad y la necesidad de liquidez, vende su soja a un precio artificialmente bajo por el exceso de oferta. Recibe un poco más que si hubiera pagado retenciones, sí, pero una porción mínima del beneficio real. La agroexportadora, en cambio, compra esa soja a precio de remate y la vende en el mercado internacional al precio lleno, sin el descuento del 33%.
El productor se llevó las migajas. La exportadora se quedó con el pastel. El Estado consiguió sus dólares para la foto.
La Ironía Final
La bronca posterior de los ruralistas, al entender que fueron el instrumento de una transferencia de ingresos masiva hacia el sector exportador, era inevitable. Vieron cómo su producción se convertía en la ofrenda para una "prueba de amor" geopolítica.
Y es aquí donde la trama adquiere un giro de ironía global. La jugada, diseñada para congraciarse con la nueva administración estadounidense, terminó generando un cortocircuito inesperado. El gesto de auxilio al gobierno de Milei provocó la furia de los farmers norteamericanos, la base electoral del propio Trump, quienes vieron cómo su gobierno facilitaba la competitividad de su principal rival.
En su afán por demostrar lealtad, el gobierno argentino no solo expuso su debilidad y ejecutó una maniobra que perjudicó al productor local en beneficio del exportador concentrado, sino que le creó un problema político a su supuesto protector.
La pregunta que queda flotando no es sobre la eficacia de la medida. Es sobre la soberanía. ¿Qué clase de plan económico es aquel cuyas decisiones se toman para calmar una corrida y se dictan por teléfono? Lo que esta novela de la soja revela es la existencia de un gobierno que opera en el día a día, sin un ancla propia, cuya política económica se escribe sobre una servilleta, al dictado del poder de turno.







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