El Día Después que Nunca Llegó: ¿Qué Quedó de las Promesas de la Pandemia?
- R. D'Alessandro
- 29 jul
- 5 Min. de lectura
¿Se acuerdan de 2020? Por un momento, entre el miedo y el desconcierto, el mundo pareció contener la respiración. Se instaló una idea casi mística, la sensación de estar viviendo no solo una crisis, sino un "portal". Un punto de quiebre en la historia. Las pantallas se llenaron de gurúes y filósofos que nos anunciaban, con una solemnidad a veces impostada, que ya nada volvería a ser como antes.
Frases como "saldremos mejores", "el fin del neoliberalismo" o "la revalorización de lo esencial" se convirtieron en el mantra de una humanidad en pausa. Se nos prometió un futuro de mayor conciencia comunitaria, de Estados más fuertes y protectores, de un capitalismo más humano.
Hoy, con cierta distancia, la pregunta se impone con una crudeza casi incómoda: ¿Qué quedó de todo aquello? ¿Fue la pandemia un verdadero punto de inflexión que torció el rumbo de la historia o, más bien, un brutal acelerador de tendencias —buenas y malas— que ya estaban en marcha? O, yendo a una hipótesis más cínica, ¿fue un paréntesis caótico antes de volver a la misma "normalidad", pero ahora con más deudas, más control y menos certezas? Vamos a revisar, críticamente, algunas de esas promesas rotas.
El Mundo del Trabajo: La Utopía del Home Office y la Realidad del Desgaste
La primera gran promesa del nuevo mundo fue la revolución del trabajo. El fin de la tiranía de la oficina, de las horas muertas en el transporte público, de la cultura del "presentismo". El home office se nos vendió como una utopía de flexibilidad, autonomía y equilibrio entre la vida personal y las obligaciones laborales. Por fin, el trabajo se adaptaría a nuestra vida, y no al revés.
Pero, ¿para quién fue la fiesta del Zoom? Lo primero que reveló la crisis es que esta "revolución" fue, en realidad, un privilegio de clase. Mientras una porción de los profesionales y administrativos se conectaba desde el living de su casa, una mayoría de trabajadores esenciales —cajeros, personal de salud, operarios, repartidores— ponía el cuerpo en la primera línea, con una exposición y un riesgo 0que la nueva cultura "remota" simplemente ignoraba.
Luego llegó el segundo acto: el fenómeno de la "gran renuncia". Se dijo que los trabajadores, tras una profunda reflexión existencial, buscaban un nuevo propósito. Es una narrativa atractiva, pero que oculta una realidad más áspera: la de la "gran precarización". Muchos no huían en busca de un sueño, sino de salarios licuados por la inflación, de la presión asfixiante y del desgaste de un modelo donde la oficina no desapareció, sino que se expandió. Se nos metió en casa y, sin pedir permiso, se negó a irse.
La promesa de la desconexión se convirtió en una nueva frontera de la lucha laboral, en un derecho a conquistar frente a la expectativa de disponibilidad 24/7. La pregunta, entonces, sigue abierta y resuena especialmente en quienes gestionan equipos y organizaciones: ¿Cómo se construye una cultura de trabajo flexible que no sea, a la vez, una cultura de la autoexplotación permanente?
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El Estado: El Regreso del Leviatán (con App de Permisos)
Otra de las grandes narrativas que emergieron del caos fue la del retorno del Estado. Parecía el fin de décadas de discursos que lo presentaban como una entidad ineficiente, un obstáculo para el progreso. De repente, ante el colapso, todas las miradas se giraron hacia lo público: el sistema de salud, la inversión en ciencia, la red de seguridad social. Se aplaudió la intervención, se exigió protección. La pandemia, se dijo, nos había recordado el valor de lo colectivo y el rol insustituible de un Estado presente y fuerte.
Pero el Leviatán que regresó de su letargo mostró una cara ambigua. La pregunta que debemos hacernos es si el Estado que se expandió fue un Estado de bienestar o, fundamentalmente, un Estado de control. Porque junto con las ayudas y la contención sanitaria, vimos la proliferación de tecnologías de vigilancia y la normalización de un estado de excepción. Las apps de permisos para circular —como la aplicación Cuidar en nuestro pais—, los pasaportes sanitarios y los debates sobre la obligatoriedad de las vacunas trazaron una nueva y delgada línea entre el cuidado colectivo y la restricción de las libertades individuales.
La ciencia, por su parte, vivió su momento de máximo protagonismo. Los expertos y epidemiólogos se convirtieron en actores centrales del campo político. Sin embargo, esta centralidad la expuso también a una politización brutal. Lejos de ser un árbitro neutral, el discurso científico se transformó en un campo de batalla más de la "guerra cultural", disputado por la desinformación y la polarización ideológica. Confiar en la ciencia se volvió, para muchos, un acto de fe política.
Esto nos deja una herencia compleja, un desafío directo para quienes toman decisiones tanto en el ámbito público como en el privado: ¿Qué legitimidad y qué límites tiene hoy el Estado para intervenir en la vida de los ciudadanos y en la dinámica de los mercados tras haber ejercido un poder tan excepcional?
Quizás la promesa más emotiva de la pandemia fue la de la regeneración del lazo social. ¿Recuerdan los aplausos de las nueve de la noche? Por un instante, pareció que la amenaza común nos hermanaba. Surgieron redes de ayuda barrial, se revalorizaron los afectos y creímos asistir al nacimiento de una nueva conciencia comunitaria, una que ponía el cuidado mutuo por encima del éxito individual.
Pero, ¿Cuánto duró la "solidaridad de balcón"? Una vez que el shock inicial dio paso a la fatiga crónica y a la crisis económica, el péndulo pareció oscilar con fuerza hacia el otro extremo. El miedo al contagio, el aislamiento prolongado y la competencia por recursos escasos terminaron, en muchos casos, por exacerbar el individualismo y el "sálvese quien pueda". La desconfianza en el otro, en el vecino, en el que no usaba barbijo, se volvió una norma defensiva.
El gran saldo de este proceso es, sin dudas, la crisis de salud mental que atraviesa a nuestras sociedades. La angustia, la ansiedad y la depresión dejaron de ser temas tabú para ocupar el centro de la escena. Sin embargo, la respuesta a este malestar colectivo, ¿ha sido también colectiva? ¿O se ha limitado a una solución individual, a un asunto privado a resolver con terapia o psicofármacos?
Mientras tanto, la digitalización forzada de la vida social nos dejó conectados a las pantallas, pero quizás más aislados que nunca en nuestras burbujas de opinión, intensificando la polarización que ya nos dividía. Esto plantea un desafío mayúsculo, especialmente para quienes tienen la tarea de reconstruir el tejido social desde la base: ¿Cómo se enseña y se reconstruye la empatía y el diálogo en un aula o en un equipo de trabajo después de la interacción mediada por la distancia y la desconfianza?
La Conciencia de la Fragilidad
Si volvemos a la pregunta inicial, queda claro que la pandemia no fue ese "portal" a un mundo radicalmente nuevo que se nos prometió. No reseteó el sistema. Más bien, actuó como un revelador brutal, como un líquido de contraste que hizo visibles las fracturas, las desigualdades y las contradicciones que ya habitaban en el corazón de nuestra sociedad. Fue un acelerador de la historia, no su punto final.
Quizás el cambio más profundo y duradero no se encuentre en las estructuras del mundo, sino en la intimidad de nuestra conciencia. Si algo nos dejó la pandemia fue una percepción indeleble de nuestra propia fragilidad y de la vulnerabilidad de nuestros sistemas.
La pregunta que sigue flotando en el aire es qué haremos con esa conciencia. Si la usaremos como motor para construir sociedades más justas y solidarias, o si simplemente nos acostumbraremos a vivir en un estado de crisis permanente, añorando un día después que, finalmente, nunca llegó.







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