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La Fábrica del Ausentismo

  • R. D'Alessandro
  • 10 nov
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 12 nov

El ausentismo no es apatía. Es la respuesta racional a un sistema político que cambió la obligación de hacer por la actuación de sentir .


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El dato se repite en cada elección reciente: la participación electoral disminuye. Cifras que rondan el 60%, o incluso menos, se están normalizando.

Leído al revés, el dato es una declaración: millones de ciudadanos con derecho a voto deciden que la oferta política no merece el esfuerzo de su tiempo. No eligen a A o B. Eligen el silencio.

La reacción estándar es culpar al ciudadano. Se habla de "apatía", "desinterés" o "falta de compromiso cívico". Es un diagnóstico cómodo que exculpa al sistema. Pero es un error de análisis. El ausentismo no es apatía. Es la respuesta perfectamente racional a un sistema político donde la palabra ha perdido su función primordial: la de tener consecuencias.

El silencio de millones de electores no es un vacío. Es un acto de habla. Es el ciudadano ejecutando la única acción performativa que le queda cuando el discurso de la política se ha vuelto, citando a Austin, un "acto infeliz".

El divorcio de la palabra y el costo

En la filosofía del lenguaje, un enunciado "performativo" es aquel que hace algo en el mundo real por el simple hecho de ser dicho. "Prometo" crea una obligación. "Juro" instaura un compromiso. "Declaro" inicia un estado de cosas.

Pero para que estos actos "funcionen", deben cumplirse condiciones. La más importante es la credibilidad institucional y la voluntad de asumir las secuelas del acto.

La política contemporánea es el escenario de la proliferación del "acto infeliz".

El político dice "Prometo X", pero ni él, ni la audiencia, ni el sistema institucional creen que una obligación real se haya creado. El acto de "prometer" se vacía de su poder; no hace nada. Se convierte en un simulacro. La palabra se ha desvinculado radicalmente del costo. Un político puede prometer A, ejecutar B (su opuesto directo), y no pagar casi ningún costo político por la contradicción.

Aquí yace la raíz de la "pérdida de credibilidad". No es un problema moral, de políticos "mentirosos" versus ciudadanos "crédulos". Es un problema estructural. La credibilidad es el síntoma de que el "capital simbólico" de la palabra pública se ha agotado. Si un acto de habla no tiene consecuencias vinculantes, no es performativo. Es ruido.

El problema es que la performatividad no desaparece. Muta.

La Nueva Performance: Fabricar Sujetos, No Hechos

El discurso político ha mutado. Ya no es performativo en el sentido de Austin (crear obligaciones). Se ha vuelto performativo en un sentido diferente, más cercano a la sociología: construye y refuerza identidades.

El político que miente descaradamente sobre una obra o un indicador económico no está tratando de crear un hecho (ej. "construir el puente que prometí").

Está tratando de crear un sujeto (ej. "construir al 'votante leal' que me defenderá a pesar de que mentí").

El "acto feliz" que busca el político moderno no es la consecuencia fáctica de sus palabras (el puente terminado). Es la reacción afectiva de su base. El discurso ya no busca "hacer cosas"; busca "hacer sentir". La performance ya no es "Juro que haré X", asumiendo la responsabilidad por X. La performance es "Soy el tipo de persona que dice 'X', y al decirlo, te demuestro que soy de los tuyos y que odio a 'Y'".

Este divorcio entre el discurso fáctico (vincular palabras a hechos) y el discurso identitario (vincular palabras a afectos) es la lógica operativa de la política actual. Se acelera por ciclos de medios que entierran la mentira de ayer con la indignación de hoy y se sostiene en una lealtad que ya no se basa en el cumplimiento, sino en la "fe" de pertenecer a un bando.

Y esta mutación genera dos productos principales en el electorado: el cínico y el ausente.

El Cínico y el Ausente: Las Dos Caras de la Consecuencia

El Cinismo es la respuesta del ciudadano que acepta las nuevas reglas del juego. Es el votante plenamente alfabetizado en la política identitaria.

El cínico entiende que la promesa del puente es un simulacro. Sabe que el político no intenta hacer el puente, sino demostrar que "quiere" el puente para atacar al bando que "no lo quiere". El cínico participa voluntariamente en esta actuación. Perdona la mentira fáctica (el puente que no se hace) a cambio del goce afectivo (la "batalla" contra el otro). Su lealtad no es con el hecho, es con la identidad. El cinismo es el combustible que necesita la política del afecto para funcionar.

El ausentismo es la respuesta del ciudadano que rechaza las nuevas reglas del juego.

El ausente es un residuo "austiniano". Es el ciudadano que sigue anclado a la vieja definición de política: aquella donde la palabra debe tener consecuencias en el mundo material. El ausente todavía espera que "Prometo X" signifique la obligación de hacer X.

Cuando este ciudadano mira el menú electoral, no ve un debate sobre hechos, costos y consecuencias. Ve un teatro de identidades. Ve ruido. Ve a políticos que ya no buscan "hacer cosas", solo buscan "hacer sentir". Y como sus necesidades son fácticas (la calle, el hospital, el crédito) y la oferta es puramente afectiva, su respuesta más racional es el silencio.

El ausentismo es el "voto" de quien se niega a participar en una performance que ha abandonado los hechos. Es el acto final de quien exige que la palabra vuelva a tener consecuencias.

La Lógica del Campo

Esto no es una abstracción. Es la lógica operativa de nuestro tiempo.

Cuando el debate público se centra más en la actuación de la denuncia que en la resolución del problema (la inflación, la inseguridad, la obra frenada), se está operando bajo la nueva lógica. El político no busca solucionar el problema; busca posicionarse frente al problema para solidificar a su "votante leal".

El ciudadano que necesita la solución, el que padece el problema fáctico, observa esto. Primero, con cinismo. Luego, con silencio.

El ausentismo no es un misterio. Es el resultado de un sistema político que ha decidido que es más rentable gestionar la polarización que asumir las consecuencias de una promesa. El ruido de la política identitaria produce, como eco inevitable, el silencio del ciudadano que todavía espera los hechos.

 
 
 

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