Fascismo, Anticuerpos y Estrategias para la Resistencia Cotidiana
- R. D'Alessandro
- 11 ago
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La irrupción de nuevas derechas radicales ha sacudido los cimientos de las democracias occidentales. Con un discurso que apela a la furia, desprecia las instituciones y promete una refundación violenta de la sociedad, estos movimientos nos obligan a buscar en el pasado las herramientas conceptuales para nombrar el peligro presente. Inevitablemente, una palabra emerge, cargada de historia y horror: fascismo. ¿Es legítimo su uso? ¿O es una hipérbole que nos ciega ante la novedad del fenómeno? Y más importante aún, si la amenaza es real, ¿Cómo se manifiesta en nuestra vida cotidiana y qué podemos hacer, desde nuestro lugar en el mundo —sea una ciudad o un pueblo del interior—, para construir una resistencia eficaz?
Este artículo se sumerge en estas preguntas desde una doble perspectiva: la del análisis teórico y la de la intervención territorial. Argumentaremos que sí, que es legítimo y necesario usar el concepto de fascismo como un bisturí analítico. Luego, descenderemos al caso concreto de Bolívar, una comunidad con una cohesión social notable, para estudiar las barreras que pueden desplegarse para ofrecer resistencia. Exploraremos cómo, a pesar de estas defensas, el peligro persiste en forma de "microfascismos" cotidianos. Finalmente, propondremos una guía estratégica de acción, un manual sobre cómo actuar cuando la euforia del odio amenaza con inundar nuestro entorno.
Por qué es Legítimo (y Necesario) Nombrar al Fascismo Hoy
La objeción más común al uso del término "fascismo" para describir a figuras como Javier Milei es de naturaleza histórica. Se nos presenta un "checklist": ¿hay un partido único?, ¿un Estado totalitario?, ¿corporativismo?, ¿expansionismo militar? Si las casillas no se marcan, se concluye que el término es inapropiado. Este es el argumento del descriptivista, para quien un nombre debe corresponderse con una lista fija de propiedades. Desde esta óptica, las diferencias —especialmente la defensa de un Estado mínimo por parte de la nueva derecha— hacen que la comparación sea inválida.
Sin embargo, esta visión es una trampa que nos condena a la miopía. Un enfoque más potente, argumenta que un concepto como "fascismo" no funciona como una descripción, sino como un designador rígido: una expresión que designa una misma entidad en todos los mundos posibles en los que esa entidad existe. No apunta a una lista de atributos superficiales que cambian con la época, sino a una matriz funcional, a un gesto político subyacente que permanece constante.
Este gesto fascista, ayer y hoy, se compone de una lógica inconfundible:
La Creación del Enemigo Absoluto: La política se simplifica en una lucha existencial. Se construye un enemigo —la "casta", el "marxismo cultural", el "socialismo"— como la causa única de todos los males de la nación. Este enemigo no es un adversario legítimo, sino un agente patógeno que debe ser erradicado.
El Líder como Único Intérprete: Frente a la complejidad de la democracia y sus instituciones mediadoras (parlamento, justicia, prensa), el líder se erige como la única encarnación de la voluntad del "pueblo verdadero". Su palabra no se debate, se acata. Establece un vínculo directo con sus seguidores, casi místico, alimentado por la furia y la promesa de redención.
La Apología de la Crueldad y la Destrucción: El movimiento no promete gestionar mejor, sino destruir el orden existente, al que considera corrupto e irrecuperable. Se enorgullece de su crueldad, de su voluntad de "dinamitar" y "pasar la motosierra". El sufrimiento que cause la purificación no es un efecto colateral, es una prueba de la seriedad de su misión.
Que la doctrina económica sea el corporativismo estatal o el anarcocapitalismo de mercado es secundario. Es el vehículo contingente que utiliza la misma matriz autoritaria para canalizar el descontento social. Por eso, nombrar a este fenómeno "fascismo" no es una imprecisión histórica, es un diagnóstico conceptual preciso. Refiere al mismo núcleo traumático de una experiencia existencial horrorosa. Es reconocer una lógica de poder que, si no es contenida, conduce inevitablemente a la erosión de las libertades y la destrucción del tejido social.
Una Comunidad Resiliente
Si el fascismo es un virus que prospera en organismos sociales debilitados, fragmentados y anómicos, una comunidad cohesionada y funcional debería tener defensas naturales. Sus "anticuerpos" no son abstractos, sino que están arraigados en su estructura social, cultural y política. En una forma de vida que prioriza el encuentro sobre el aislamiento.
La principal barrera al fascismo es un tejido social denso, activo y conectado. Entre nosotras y nosotros, la vida no transcurre de forma individualista, sino que se articula en una red muy tupida de instituciones que fomentan la interacción cara a cara y los lazos de confianza. Este tejido se nutre del trabajo cotidiano y a menudo silencioso de sus clubes sociales y deportivos, de la labor vital de las asociaciones cooperadoras en las escuelas, del refugio intelectual que ofrecen sus bibliotecas populares, de la creatividad de sus grupos de teatro y artistas locales. Se alimenta de la amorosidad y el trabajo que se hace con nuestros adultos mayores y con los jóvenes de los Talleres Protegidos. A esta red se suma un ecosistema de medios de comunicación locales —radios, portales de noticias, un canal de TV— que aseguran un flujo constante de información sobre asuntos comunitarios, forjando una ciudadanía que debate sus propios temas y es, por tanto, menos permeable a las narrativas simplistas impuestas desde fuera.
Un segundo factor de resiliencia es la cercanía de sus dirigentes. En una comunidad de esta escala, los dirigentes políticos y sociales no son figuras lejanas y mitificadas. Son vecinos. El intendente, los concejales, los directores de los clubes o los referentes sociales son personas con las que uno se cruza en el supermercado o en la plaza. Esta proximidad humaniza el poder, fomenta una rendición de cuentas informal y dificulta la construcción de esa distancia mística que el líder fascista necesita para erigirse como un salvador por encima del resto. La alienación que siente un ciudadano de una gran urbe respecto de su "clase política" es mucho más difícil de sentir cuando el político es, antes que nada, un vecino.
Además, Bolívar ha cultivado poderosos símbolos de orgullo común que funcionan como narrativas unificadoras. El festival "Me Encanta Bolívar" es mucho más que una fiesta; es un "hecho social total" que celebra y refuerza una identidad positiva y compartida. De igual manera, el éxito nacional del Club Ciudad de Bolívar en el vóley y en el futbol o la Maratón son fuentes de extraordinario orgullo cívico, una narrativa de éxito colectivo que cohesiona a la comunidad por encima de sus diferencias. Estos relatos de pertenencia son el antídoto natural al discurso de decadencia y resentimiento que ofrece el fascismo.
Finalmente, esta cohesión no es un accidente, sino el resultado de una inversión pública deliberada en calidad de vida. La presencia del Estado en la promoción del deporte la cultura, la educación y la salud gratuitas multiplica los espacios de encuentro, tejiendo la red social desde la acción local y demostrando el valor de lo público y lo colectivo. Una comunidad que se siente cuidada y que tiene múltiples espacios para interactuar es fundamentalmente más fuerte frente a quienes proponen la disolución de los lazos sociales.

El Enemigo Íntimo: Los Microfascismos Cotidianos
Sin embargo, sería un grave error caer en la complacencia. Aunque una comunidad tenga fuertes defensas macro, el fascismo también opera a un nivel molecular, en lo que los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari llamaron los "microfascismos". No se trata de gente marchando con camisas pardas, sino de las pequeñas tiranías, los autoritarismos íntimos y los deseos de poder que habitan en nuestra vida cotidiana.
El microfascismo es el fascismo del patio de la escuela, de la oficina, de la reunión de amigos o del grupo de WhatsApp. Se manifiesta en el deseo de orden a cualquier precio: el vecino que exige "mano dura" contra los jóvenes que escuchan música en la plaza, no por una cuestión de legalidad, sino por un deseo de imponer su propio código de conducta. Se torna evidente en los que se encienden de cólera por un festejo popular. Se expresa en la paranoia y la creación de pequeños "otros": la desconfianza hacia el que es diferente, el que no pertenece al "núcleo duro" de la comunidad, sea por su origen, su estilo de vida o sus ideas. Es el placer en la humillación del otro, la agresividad en las redes sociales, el disfrute de "cancelar" a alguien por una opinión disidente. Es la adhesión acrítica a pequeños líderes, cuya palabra se vuelve ley y cuya crítica es vista como traición.
Estos microfascismos son peligrosos porque preparan el terreno para el fascismo a gran escala. Normalizan la intolerancia, erosionan la empatía y nos acostumbran a pensar en términos de poder y sumisión en lugar de diálogo y consenso. Crean pequeños "agujeros negros" de autoritarismo en el tejido social que, eventualmente, pueden conectarse y formar un sistema mayor. Una comunidad con fuertes anticuerpos macro, como Bolívar, puede aun así estar incubando estos peligros a nivel micro. Detectarlos y desactivarlos es una tarea fundamental.
Qué Hacer: Narrativa para una Resistencia Estratégica
Frente a la amenaza del fascismo y los microfascismos, la parálisis no es una opción. Se requiere una estrategia de intervención consciente y multifacética. El primer impulso, y el más erróneo, es caer en la descalificación moral del adherente, en el intento de ganar una discusión a fuerza de datos, o en la confrontación directa en el terreno que el adversario ha minado con sus propias reglas y conceptos. Estas tácticas no solo son ineficaces, sino que alimentan la lógica de la victimización y cohesionan al grupo que pretendemos desarticular. La adhesión a estos movimientos es emocional, una cuestión de fe que no se combate con la razón pura, sino con una estrategia más inteligente y profunda.
La resistencia debe comenzar en el círculo cercano, no con la confrontación, sino con la escucha. Hay que entender la herida real que motiva la adhesión de un vecino o un familiar a los discursos de odio: el miedo económico, la sensación de abandono, el resentimiento. En lugar de afirmar, hay que preguntar, usar la duda metódica para forzar al interlocutor a llevar sus ideas abstractas al plano concreto y a confrontar sus propias contradicciones.
Pero la acción individual no es suficiente. Es a nivel comunitario donde se libra la batalla decisiva, y es aquí donde la acción local juega un rol insustituible. Se trata de construir un ecosistema de valores alternativo, más atractivo y tangible que la narrativa del odio. Esto implica duplicar la apuesta por aquello que ya funciona como anticuerpo: fortalecer la infraestructura de la cohesión. Cada peso invertido en el festival popular, en el club de barrio, en la biblioteca o en el grupo de teatro es una inversión en defensas antifascistas. Es construcción deliberada de comunidad. Frente al ruido de la destrucción, se debe oponer la evidencia silenciosa de la construcción.
Finalmente, la disputa debe llevarse a la arena pública, pero no para jugar el juego del adversario. La estrategia más eficaz es cortocircuitar el discurso odioso abstracto con los problemas locales concretos. Ante cualquier debate nacional, la pregunta debe ser: "¿Y esto cómo impacta en las calles, en el hospital y en el trabajo de los bolivarenses?". Esto desarma al adversario ideológico, que rara vez tiene respuestas para la realidad tangible. No basta con ser "anti-". Es crucial ofrecer una visión de futuro positiva y deseable para la comunidad, anclada en los valores de la cooperación y la calidad de vida que la hacen fuerte.
Conclusión: La Resistencia como Tarea Cotidiana
El fascismo, en sus múltiples encarnaciones, no es un evento lejano ni una reliquia histórica. Es una posibilidad latente en toda sociedad, una tentación autoritaria que emerge en tiempos de crisis y ansiedad. Sin embargo, no es un destino ineludible.
El caso de Bolívar, una comunidad que ha invertido en su propio tejido social, nos enseña una lección vital: los anticuerpos más eficaces contra el odio no se improvisan, se construyen pacientemente, día a día. Se construyen en la cancha del club, en el ensayo de la murga, en la reunión de la cooperadora escolar, en la plaza llena de familias. Se fortalecen con cada acción que prioriza la calidad de vida y el encuentro por sobre la división.
La amenaza, por tanto, nos plantea una doble tarea. A nivel macro, exige la lucidez para nombrar el peligro sin miedo y la inteligencia para disputar la agenda pública desde lo concreto y lo local. A nivel micro, nos convoca a una vigilancia constante sobre nuestros propios deseos de orden y exclusión, y a un compromiso activo por fortalecer los lazos de solidaridad en nuestro entorno inmediato.
La resistencia al fascismo del siglo XXI no se librará en grandes batallas épicas, sino en la suma de miles de acciones cotidianas. Es una tarea menos glamorosa, pero infinitamente más decisiva: la de elegir, cada día, construir comunidad en lugar de alimentar la furia.






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