Provincias Unidas: El poder real de los gobernadores contra la irrelevancia de una marca fantasma
- I. Montes
- 22 oct
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 24 oct
Con baja expectativa en la Provincia de Buenos Aires y sus fichas puestas en Córdoba y Santa Fe, Provincias Unidas aspira a consolidar un electorado de centro con miras a 2027.
Observe la boleta de "Provincias Unidas" en la provincia de Buenos Aires. Es un triunvirato que encapsula un dilema irresoluble. En la cima, Florencio Randazzo, el exministro de Cristina Fernández de Kirchner, emblema del peronismo de gestión que busca atraer al votante justicialista moderado. A su lado, Margarita Stolbizer, fundadora del GEN, de raíces radicales y discurso socialdemócrata, apuntando al voto progresista e institucionalista. Y cerrando la pinza, Emilio Monzó, el pragmático operador de centro-derecha, arquitecto del "Cambiemos" de Macri, que representa el ala dialoguista.
Estas tres figuras no comparten una ideología. Comparten un diagnóstico: la necesidad de construir una alternativa al polo libertario de La Libertad Avanza (LLA) y al polo kirchnerista de Fuerza Patria (FP). Es, en la jerga política, un "matrimonio por conveniencia". Y es, en la práctica, el perfecto microcosmos de la coalición que integran: una alianza cuya fortaleza es su heterogeneidad y cuya debilidad es su absoluta incoherencia programática.
Provincias Unidas es el intento más serio en años de construir una tercera vía, pero su diseño revela que no es un proyecto nacional. Es un pacto de poder territorial.
La lógica del sistema: Una liga de defensa provincial
Para entender "Provincias Unidas" no hay que mirar a sus candidatos en Buenos Aires, sino a sus fundadores: los gobernadores. El verdadero centro de gravedad de la alianza reside en el poder institucional de figuras como Maximiliano Pullaro en Santa Fe, Martín Llaryora en Córdoba, Ignacio Torres en Chubut y Carlos Sadir en Jujuy.

Este armado tiene un objetivo estratégico doble: es, a la vez, una plataforma defensiva y una ofensiva.
Defensivamente, es un sindicato de gobernadores. Buscan conformar un bloque robusto en el Congreso para defender los intereses de sus provincias. Necesitan un frente común para negociar la coparticipación, los recursos fiscales y las obras de infraestructura con un gobierno nacional de impronta centralista que, según sus propias palabras, ha tendido a "maltratarlos" en el diálogo y la distribución de fondos.
Ofensivamente, es un vehículo para las ambiciones presidenciales de 2027. Cuando Pullaro vaticinó que este espacio pondrá "al próximo presidente", no estaba metafisicando; estaba estableciendo la hoja de ruta. Las elecciones legislativas del 26 de octubre operan, en este sentido, como una suerte de "primaria informal" para medir quién de ellos —probablemente Pullaro o Llaryora — logra transferir con mayor éxito su poder provincial al plano nacional.
El capital real de la coalición no es un discurso, es una "prueba de concepto". Pullaro y Llaryora no venden promesas; señalan sus administraciones, con altos índices de aprobación, como modelos exitosos de la gobernanza pragmática que pregonan para la nación.
El problema es que esta lógica territorial choca de frente con la necesidad de construir una identidad nacional.
La marca fantasma
El pragmatismo de los gobernadores ha llevado a la coalición a adoptar una "plasticidad estructural" que roza el suicidio estratégico. La alianza prioriza la adaptación local por sobre una marca nacional rígida.
El resultado es un caos de identidad:
En Buenos Aires, son "Provincias Unidas" (Lista 508).
En Santa Fe, también son "Provincias Unidas" (Lista 503), pero allí la alianza aglutina a la UCR, el PRO y el Partido Socialista.
En CABA, el espacio aliado es "Ciudadanos Unidos" (Lista 504), con Martín Lousteau.
En Mendoza, se llaman "Alianza Defendamos Mendoza - Provincias Unidas".
En Catamarca, "Somos Provincias Unidas - Catamarca".
Esta flexibilidad táctica genera una "incoherencia de marca" fatal a largo plazo. Un votante en Mendoza no tiene cómo establecer una conexión directa entre su boleta local y el proyecto nacional que impulsa Pullaro en Santa Fe. Se obstaculiza la creación de una narrativa nacional sólida.
El síntoma más claro de esta patología es Córdoba. Allí, el candidato es Juan Schiaretti, exgobernador y figura con enorme conocimiento e imagen positiva. Sin embargo, la marca "Provincias Unidas" es casi desconocida. El votante cordobés quizás elija a Schiaretti, pero no estará eligiendo la coalición. No estará construyendo una fuerza nacional.
El espejismo del "país normal"
En el plano discursivo, la coalición intenta unificar este mosaico bajo un eslogan simple: "Queremos un país normal". Es una apelación directa al electorado fatigado por la polarización y la crisis económica.
Su plataforma es, en esencia, "restauradora", no revolucionaria. A diferencia de la reforma radical de LLA o la resistencia estatal de Fuerza Patria, Provincias Unidas aboga por la previsibilidad. Su programa se centra en la calidad institucional, la producción, el empleo genuino (subsidios al trabajo, no al desempleo) y la educación.
Se posicionan como los "adultos en la sala". Como dijo Lousteau, "no es ni agrandando el Estado ni desmantelándolo, sino gestionándolo bien".
Este posicionamiento centrista los obliga a un peligroso acto de equilibrio frente al gobierno de Milei. Inicialmente, mantuvieron una ambigüedad táctica; Llaryora llegó a decir que "somos aliados del pueblo argentino". Pero a medida que avanzó la campaña, el tono debió endurecerse para poder diferenciarse. Pasaron a acusar al gobierno de llevar al país "al abismo".
El riesgo es obvio: deben diferenciarse de LLA, pero no pueden aparecer alineados con el kirchnerismo, ya que su electorado objetivo es profundamente anti-kirchnerista. Una crítica demasiado dura asusta al votante que teme la inestabilidad; una postura demasiado blanda los vuelve irrelevantes.
La matemática de la supervivencia
La estrategia de Provincias Unidas no es ganar la elección nacional. Eso es imposible. Las encuestas los sitúan en un distante tercer lugar, oscilando entre el 5% y el 7%, muy lejos de LLA (37%) y FP (35%).
El juego es otro. Su éxito se mide en distritos clave del interior, donde el poder de los gobernadores sí tracciona votos.
Los Bastiones (Donde se gana):
Santa Fe: Es la joya de la corona. La candidata Gisela Scaglia, vicegobernadora de Pullaro, está en un empate técnico por el primer lugar con el 25% de intención de voto, apenas un punto detrás de Fuerza Patria (26%). Un triunfo aquí valida el liderazgo nacional de Pullaro.
Córdoba: Con Schiaretti, aspiran a un competitivo segundo lugar (las encuestas le dan 23.2%) y buscan duplicar su representación, soñando con 4 de los 9 escaños en juego.
Jujuy y Corrientes: En las provincias de Sadir y Valdés, se muestran confiados en ganar, beneficiados por la división del voto opositor.
Los Desafíos (Donde se pierde):
Provincia de Buenos Aires: Aquí la polarización es absoluta. La lista de Randazzo apenas mide entre 3.7% y 4.8%. El voto de "tercera vía" está fragmentado. El objetivo no es ganar; es sobrevivir y arañar una o dos bancas.
Patagonia: El panorama es incierto. El propio gobernador Torres (Chubut) admite que "corren de atrás" y que la polarización nacional los perjudica.
Esta elección es una "carrera dentro de la carrera". Es una competencia interna entre Pullaro y Llaryora para ver quién capitaliza mejor la elección y se queda con el liderazgo del espacio no polarizado.
Provincias Unidas enfrenta su paradoja fundamental: su fortaleza es el poder local de sus gobernadores, pero su supervivencia exige transformar esa diversidad en una identidad nacional coherente. Si fracasan, si la marca fantasma no logra tomar cuerpo, la coalición se convertirá en una nota al pie de página, otro intento federalista devorado por el poder perdurable de la "grieta" argentina.







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