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Spagnuolo Reseteó el Escenario Electoral

  • R. D'Alessandro
  • 23 ago
  • 4 Min. de lectura

Hay un silencio particular que sigue a una detonación. Un instante en el que el aire, antes cargado de ruido y furia discursiva, queda suspendido, denso y cargado de esquirlas. Ese es el estado actual de la política argentina. La filtración de los audios de Diego Spagnuolo, ahora exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), no fue simplemente un escándalo de corrupción más en la larga y tediosa antología nacional. Fue la detonación controlada que demolió la estructura narrativa central del gobierno: la superioridad moral de los "nuevos" contra la "casta" corrupta.

Lo que se quebró no fue una ley ni un decreto, sino algo mucho más profundo y políticamente más costoso: el contrato de confianza. Un gobierno que edificó su identidad completa sobre la promesa de ser una barrera aséptica contra el virus de la corrupción, hoy se encuentra con el patógeno incubado en su círculo más íntimo. Los audios, cuya veracidad no ha sido desmentida, no exponen a un funcionario de tercera línea; exponen a un amigo del Presidente, a uno de los hombres con más ingresos a la Quinta de Olivos, y salpican con nombre y apellido a la Secretaria General de la Presidencia y hermana del mandatario, Karina Milei, y a operadores clave como los Menem.


Lule Menem, Diego Spagnuolo y Martín Menem
Lule Menem, Diego Spagnuolo y Martín Menem

Este no es un simple caso de "flagrancia". Es una implosión narrativa. La pureza ideológica se manchó con la mundana mancha del "retorno", y con ello, se reseteó por completo el tablero electoral. La gramática política ha cambiado de forma irreversible a semanas de la primera prueba electoral clave.

Hasta hace unos días, la estrategia oficial era clara y efectiva: polarizar entre un pasado corrupto y un presente de sacrificio con futuro. La oposición, fragmentada y todavía cargando el peso de sus propios errores, se veía forzada a jugar en el terreno discursivo del gobierno. El escándalo dinamitó ese campo de juego. El oficialismo ya no puede arrojar la piedra de la corrupción sin que el eco le devuelva el sonido de sus propios techos de cristal estallando. Ha sido despojado de su principal activo intangible, su capital simbólico. Ahora debe bajar al barro de la política terrenal, a dar explicaciones, a defenderse en el mismo idioma que aquellos a los que vino a reemplazar.

Este reseteo fuerza a todos los actores a recalcular. Para el gobierno, la campaña electoral muta de una cruzada épica a una desesperada operación de control de daños. El discurso ya no puede ser "ellos son los corruptos", sino un mucho menos convincente "no somos tan corruptos como ellos". Para la oposición, es un regalo inesperado. Les permite unificar su mensaje, dejar de ser una colección de críticas dispersas para convertirse en una sola voz de indignación. El foco se desplaza de los cuestionamientos a su gestión pasada a la evidencia de la corrupción presente.

Este nuevo escenario se pondrá a prueba no en los focus groups, sino en las urnas, y mucho antes de lo que el gobierno hubiera deseado. El desdoblamiento del calendario electoral funciona como una doble sentencia.

Primero, el 7 de septiembre en la Provincia de Buenos Aires. Esta ya no es una simple elección legislativa provincial; se ha convertido en un plebiscito inmediato sobre la indignación. El voto bonaerense será el primer electrocardiograma del humor social post-escándalo. Un mal resultado para el oficialismo no solo significará una pérdida de bancas, sino la confirmación palpable de que el blindaje moral se ha roto. Será la noticia que fijará el marco interpretativo para la contienda nacional.

Luego, el 26 de octubre, las elecciones legislativas nacionales. Lo que suceda en septiembre condicionará inevitablemente este segundo acto. Si el gobierno llega debilitado por un revés en la provincia clave, la elección nacional se transformará en un referéndum sobre su continuidad y capacidad de gestión. La agenda económica, el único salvavidas al que el oficialismo intentaba aferrarse, quedará inevitablemente subordinada al debate sobre la integridad.

El análisis sistémico revela una lógica trágica y recurrente en la política argentina: el poder no solo corrompe, sino que además acelera la descomposición de los discursos que prometen purgarlo. Lo que el caso ANDIS expone no es solo un presunto esquema de sobornos, sino la velocidad con la que la "nueva política" puede adoptar los vicios más antiguos.

Y es aquí donde el análisis abstracto aterriza de la forma más brutal en la comunidad. La corrupción no es una cifra en un Excel judicial. En este caso, tiene el rostro de la vulnerabilidad. Los "retornos" de los que habla Spagnuolo eran, presuntamente, sobre fondos destinados a medicamentos y prestaciones para personas con discapacidad. Es la diferencia entre un Estado que asiste y un esquema que lucra con la necesidad. Esta dimensión humana le otorga al escándalo una toxicidad política difícil de diluir.

Además, todos los esfuerzos que el gobierno viene realizando para llegar a las elecciones con una paz cambiaria que le permita con una victoria, aunque fuera ajustada, posponer para después de los comicios una inevitable devaluación de manera controlada están ahora seriamente amenazados. Una derrota electoral significativa sería interpretada como el fin de la viabilidad política del ajuste. Se desataría un colapso de la confianza y una corrida contra el peso. El BCRA sería superado, y el mercado forzaría una devaluación descontrolada, superior al 50%, con riesgo de espiralización inflacionaria y una severa crisis de gobernabilidad.

El escenario ha sido reseteado. La pregunta que enfrentarán los votantes el 7 de septiembre y el 26 de octubre ya no es si creen en la promesa de un futuro liberal, sino si pueden confiar en quienes administran su presente. El gobierno entró en terapia intensiva política, y las urnas dictaminarán si hay posibilidad de recuperación o si el diagnóstico es terminal.

 
 
 

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