El Legado Sturzenegger: Genealogía de una Deuda Eterna
- I. Montes
- 23 sept
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 oct

Hay familias que heredan campos, otras que heredan recuerdos. Y luego están las que heredan el poder. No el poder visible y ruidoso de la política electoral, sino uno más denso y permanente: el poder de escribir las reglas, de gestionar las crisis que ellos mismos inducen y, sobre todo, de garantizar la impunidad. El nombramiento de Federico Sturzenegger como ministro de Desregulación del gobierno de Javier Milei no es la historia de un técnico brillante convocado para una tarea aséptica. Es la última puesta en escena de una saga familiar y de clase que ha hecho del saqueo estatal un sofisticado family business.
Para entender al Sturzenegger de la Ley Bases y la desregulación total, es necesario excavar en la arqueología del poder económico argentino. Su padre, Adolfo Sturzenegger, no fue un académico anónimo. Fue una pieza clave en la ingeniería financiera que emergió del "Rodrigazo" de 1975, un mecanismo de licuación de salarios y concentración de riqueza. Fue parte de la Financiera Macro, acrónimo que la ironía popular tradujo como "Muy Agradecidos a Celestino Rodrigo". Aquel grupo de financistas, que incluía a exministros de la dictadura como José Dagnino Pastore, perfeccionó una estafa sistémica: cobrarle al Banco Central los depósitos de 150 financieras que ellos mismos habían llevado a la quiebra, socializando las pérdidas y privatizando ganancias siderales que engrosaron la deuda externa. El Estado pagaba, ellos cobraban. Una fórmula sencilla y persistente.
Este ethos delictivo, amparado por una justicia que siempre mira para otro lado cuando se trata de "subversión económica", es el capital simbólico que hereda Federico. Formado en el MIT bajo la tutela de economistas que veían en la Argentina un mero laboratorio para sus dogmas de privatización y ajuste, Federico no tardó en aplicar el manual. Su ingreso a la gestión pública no fue un debut, fue una continuación.
El Megacanje: La Obra Maestra del Saqueo Legal
El punto de inflexión, la verdadera obra de graduación de Federico Sturzenegger, fue el Megacanje de 2001. Presentado como una solución técnica para "patear" los vencimientos de una deuda insostenible, fue en realidad la coronación de un fraude. La operación, orquestada por él como secretario de Política Económica de Domingo Cavallo, consistió en canjear bonos con una tasa de interés del 8% por nuevos papeles que pagaban el 16%. En criollo: duplicaron la carga de la deuda a futuro para salvar el presente de los bancos amigos que actuaban como intermediarios y cobraban comisiones millonarias.
El Megacanje no fue un error de cálculo; fue un acto de transferencia de riqueza de una precisión quirúrgica. Un Estado quebrado se endeudaba aún más para garantizar la rentabilidad de un sistema financiero que ya había iniciado la fuga. El resultado es historia conocida: el "corralito", el estallido social, los muertos en la plaza y la huida en helicóptero. Sturzenegger, previsor, renunció a su cargo apenas diez días antes del colapso final.
La causa judicial que investigó el Megacanje es un monumento a la impunidad de esta casta. Junto a Sturzenegger y Cavallo fue procesado Guillermo Mondino, otro de los cerebros de la operación. El apellido resuena con la actualidad: Guillermo es el hermano de la excanciller Diana Mondino. El círculo de poder se cierra sobre sí mismo en un entramado familiar que conecta las finanzas, la política y la impunidad. Diana Mondino, a su vez, está casada con Eugenio Pendás, un hombre con su propia historia en los sótanos del poder financiero. En 1993, como Superintendente de Entidades Financieras del Banco Central, Pendás fue una figura central en la quiebra fraudulenta del Banco Integrado Departamental (BID), otra estafa monumental que costó miles de millones al Estado.
Los actores cambian, pero los apellidos y los mecanismos persisten. La causa del Megacanje terminó con el sobreseimiento de Sturzenegger. La razón no fue ni la ausencia de delito ni la falta de pruebas. El fiscal, Germán Moldes —un exfuncionario del menemismo—, "olvidó" convenientemente apelar el fallo. Un olvido que garantizó que la estafa más grande de la historia argentina reciente quedara sin responsables penales.
Del Banco Central a la Desregulación Total
Lejos de ser una mancha en su currículum, el Megacanje fue una medalla. Mauricio Macri lo recicló primero en el Banco Ciudad y luego, en 2015, le entregó la presidencia del Banco Central. Allí, Sturzenegger no innovó: replicó el modelo. Creó la famosa "bicicleta financiera" de las LEBACS, ofreciendo tasas exorbitantes en pesos para atraer capitales especulativos. Fondos como BlackRock y Templeton ingresaban dólares, los convertían a pesos, obtenían ganancias siderales y luego volvían a comprar dólares baratos para fugarlos. Cuando la burbuja se volvió insostenible, la corrida cambiaria liquidó las reservas del Banco Central y el gobierno de Macri corrió a golpear la puerta del FMI para tomar el préstamo más grande de la historia del organismo. De nuevo, la misma secuencia: especulación, crisis, fuga y deuda.
Hoy, Sturzenegger vuelve por tercera vez, ahora como el monje negro de la desregulación. El hombre que participó en tres de las mayores crisis de deuda de la Argentina moderna es el encargado de redactar las leyes que desmantelan el Estado. La Ley Bases no es un proyecto de modernización; es la escritura final de la transferencia de los activos públicos a los mismos sectores que se beneficiaron de cada ciclo de endeudamiento. Es la culminación del plan que su padre y sus socios iniciaron en los setenta, que él perfeccionó en 2001 y replicó en 2018.
Los Sturzenegger, los Mondino, los Pendás, no son simples técnicos. Son engranajes de una maquinaria de saqueo que se perpetúa a través de los gobiernos. No son servidores públicos; son, como los define el periodismo crítico, sicarios de un poder económico que no necesita presentarse a elecciones porque es dueño del Estado. Su actual proyecto no busca el déficit cero; busca el Estado cero. Un territorio liberado para que los buitres, zorros y lobos de siempre terminen de devorar la presa.







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