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Hoja de Ruta para el Día Después de Milei

  • I. Montes
  • 18 sept
  • 5 Min. de lectura

Un comentario ¿desafortunado? en una entrevista internacional que erosiona la credibilidad presidencial. Una votación clave perdida en el Congreso que exhibe una fragilidad terminal. Un rumor, persistente y corrosivo, que nace en los círculos del poder pero se adjudica a los feos sucios y malos de siempre. En la superficie, la política argentina se asemeja a un océano hipersensible, agitado por tormentas coyunturales, una sucesión caótica de errores no forzados y crisis que parecen brotar de una personalidad inestable y bizarra. Un espectáculo que consume la atención mediática y ciudadana. Pero si se sumerge la mirada por debajo de esa espuma efímera y ruidosa, es posible vislumbrar las corrientes profundas, las estructuras tectónicas que realmente definen el rumbo y la velocidad de la historia. Lo que hoy se presenta como la crónica de la debilidad de un gobierno podría ser, en realidad, el parte de guerra del éxito de una operación. Una operación cuyo guion se redactó hace décadas, en los discretos salones de una entidad que funciona como el verdadero cerebro del poder económico: la Fundación Mediterránea.

Para entender la lógica implacable que subyace al aparente caos libertario, es necesario desandar la historia hasta su origen. Fundada en la Córdoba industrial de 1977, en pleno apogeo de la dictadura cívico-militar, la Mediterránea se proyectó al público con el aséptico ropaje de un centro de investigación para los problemas económicos del país. Una noble fachada. En la trastienda, se consolidó como el think tank que no solo pensaba, sino que operaba para ejecutar un proyecto de poder neoliberal y desindustrializador. No era un simple club de debate; era el embrión de un partido político informal de la clase empresarial, un generador de cuadros técnicos y un laboratorio de políticas públicas listas para ser implementadas. Su objetivo era crear un software ideológico –apertura comercial indiscriminada, desregulación financiera, privatización de activos estatales– diseñado para ser instalado en el hardware del Estado, sin importar qué gobierno estuviera de turno. Su primer gran éxito, el acto que reveló su verdadera naturaleza, fue el acuerdo de colaboración firmado en 1979 con el ministerio de Economía de José Alfredo Martínez de Hoz, a través de su secretario Guillermo Walter Klein, el ariete económico de Jorge Rafael Videla.

El arquitecto de su ascenso y el operador por antonomasia de sus intereses fue Domingo Felipe Cavallo. Mucho antes de convertirse en el rostro de la convertibilidad menemista, Cavallo, desde la presidencia del Banco Central en un ya lejano 1982, fue el cerebro detrás de la maniobra que define el ADN del capitalismo de amigos argentino: la estatización de la deuda externa privada. Fue un acto de alquimia financiera de una audacia monumental. A través del mecanismo de "seguros de cambio", los pasivos en dólares de los principales grupos económicos del país –una deuda contraída para alimentar la especulación financiera de la "plata dulce" hoy nominada por el mas glamoroso apelativo de “carry trade”– se transfirieron mágicamente, con la firma de un funcionario, a las cuentas del Estado. No fue un simple salvataje; fue el pecado original, la consagración de un pacto de sangre entre una facción del poder corporativo y la tecnocracia estatal. Empresas como Acindar, del propio Martínez de Hoz, o un entonces incipiente holding familiar llamado Macri, que durante el Proceso expandió su cartera de 7 a 47 empresas, vieron sus deudas licuadas y su futuro asegurado. La Fundación Mediterránea no solo proveyó la justificación teórica para esta transferencia, sino que también aportó el capital humano que la ejecutó.

La década de los noventa, con el menemismo, fue la fiesta de graduación de este modelo. La Fundación Mediterránea alcanzó su cenit. Con Cavallo al mando del superministerio de Economía, sus cuadros técnicos ya no necesitaron golpear las puertas del poder; las encontraron abiertas de par en par, con la alfombra roja extendida. Se instalaron en secretarías, subsecretarías y directorios de empresas públicas en proceso de liquidación. La fusión entre los intereses de la corporación y las políticas públicas fue total y explícita. El proceso privatizador se convirtió en el gran negocio de la época, y los hombres de la Mediterránea fueron sus arquitectos y, en muchos casos, sus beneficiarios indirectos. Figuras como Eugenio Pendaz, esposo de la excanciller Diana Mondino, formaron parte activa de ese engranaje. La historia, con su ironía cruel, parece trazar un círculo perfecto. Mondino fue quien, con una torpe pero reveladora entrevista en Al Jazeera, habría activado la secuencia de "eventos desafortunados" para la administración de Javier Milei. ¿Un simple traspié diplomático de una funcionaria inexperta o el primer movimiento coordinado de un plan mayor?

Aquí es donde el análisis de la coyuntura se conecta con la estructura profunda del poder. La tesis que recorre los pasillos del Congreso y las redacciones es que la desestabilización del gobierno actual no es un producto del azar, ni siquiera de su propia impericia, sino el resultado de un diseño frío y calculado. Y en ese diseño, ya hay un sucesor elegido, un "plan B" listo para ser activado: Juan Schiaretti. El exgobernador cordobés no es un outsider. Es un hombre orgánico del sistema, un producto del mismo ecosistema de poder que vio nacer a la Mediterránea. Su biografía es un manual de pragmatismo político: de una fugaz militancia en la Juventud Peronista en los 70, pasó a trabajar para la FIAT de los Macri y a vincularse, cómo no, a la Fundación Mediterránea en los 80, para luego construir una carrera política sólida sobre la base de una gestión fiscalista y una excelente relación con el establishment económico. El informe lo vincula directamente con las maniobras de contrabando de autopartes durante el menemismo, una causa que involucró a Macri y Cavallo. Schiaretti, por tanto, no sería una alternativa al poder fáctico, sino su más fiel y predecible continuación; el rostro amable y previsible que el sistema necesita tras el experimento disruptivo de Milei.

La operación está en plena ejecución y se desarrolla a la vista de todos, con un descaro que evidencia la confianza de sus impulsores. Se menciona al prestigioso Financial Times publicando un perfil de Victoria Villarruel que la describe como una figura con "agenda propia", una nota supuestamente gestionada y negociada por Fulvio Pompeo, operador clave y hombre de la máxima confianza de Mauricio Macri. Se habla de reuniones sistemáticas entre el entorno de la vicepresidenta y figuras del PRO. Se observa a operadores mediáticos de larga data, como Joaquín Morales Solá, trabajando con paciencia oriental para instalar la narrativa de la "necesidad de un gobierno de unidad nacional" y posicionar a Schiaretti como el único hombre capaz de articularlo, con el apoyo parlamentario de veteranos del sistema como Miguel Ángel Pichetto y Emilio Monzó. Las piezas se mueven en el tablero con una sincronía que desafía la casualidad.

En definitiva, lo que se pone en juego en esta crisis no es simplemente el éxito o el fracaso de un presidente, sino la vigencia de una ilusión fundamental de la democracia: la de que el poder real reside en quien ocupa el sillón de Rivadavia. El verdadero gobierno no se elige cada cuatro años, sino que es una estructura permanente, un "Estado profundo" compuesto por una red de intereses económicos, tecnocráticos y mediáticos que simplemente cambia de rostro político para garantizar la continuidad de su proyecto. La pregunta fundamental que emerge de este escenario no es si Milei terminará su mandato, sino quién gobierna realmente la Argentina. Si la soberanía reside en el inestable y pasional voto popular, o en los silenciosos y permanentes directorios de fundaciones que, desde hace más de cuarenta años, diseñan el destino del país a puertas cerradas.

 
 
 

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