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Todo el Pasado por Delante

  • C. Esposito
  • 14 sept
  • 3 Min. de lectura

El voto castigo llegó en tractor. En el corazón de la pampa bonaerense, en distritos donde el oficialismo debería haber cosechado un apoyo cómodo, las urnas entregaron una sorpresa amarga. La rebelión no vino de los centros urbanos tradicionalmente opositores, sino del campo, uno de los motores teóricos de la recuperación, que sin embargo votó con el bolsillo y le dio la espalda al gobierno.

Este hecho, aparentemente aislado, es en realidad el síntoma más claro de un programa económico que ha comenzado a funcionar en reversa: un motor diseñado para avanzar que ahora arrastra a sus propios creadores hacia el abismo.

El engranaje central de este mecanismo invertido es un dólar anclado por tasas de interés estratosféricas. Una herramienta de manual para frenar la inflación, sin duda, pero un veneno de acción lenta para cualquiera que produzca algo tangible. El productor agropecuario, ahogado por costos que suben en dólares mientras su ingreso se mantiene fijo en pesos devaluados, hizo la cuenta. Y no le cerró. Su voto no fue ideológico; fue un balance contable.

Lo que sucede en el campo es un espejo de lo que ocurre en los parques industriales del conurbano. Las cifras del INDEC que muestran caídas del 1.8% en la industria y del 2.3% en la construcción son la fría banda de sonido de esta recesión. El único sector floreciente es el de la especulación financiera, la bicicleta vertiginosa del "carry trade". Pura timba. Cero ladrillos. Se celebra un 1.9% de inflación mensual como un logro épico, pero esa cifra es un fantasma estadístico para quien perdió el empleo, cerró su pyme o vio su salario pulverizado. Es un titular que no alimenta.

Y la política, que es en esencia un estado de ánimo colectivo, ha tomado nota.

La idea de una hegemonía libertaria, de un país "pintado de violeta", se ha vuelto un recuerdo borroso de la noche electoral. La "marca Milei", como define la consultora Paola Zuban, sufre un desgaste acelerado. El derrumbe en Córdoba —de un 70% a un 20% de apoyo— es elocuente. No es una corrección; es un divorcio. El capital político, ese recurso volátil y no renovable, se está fugando a la misma velocidad que los dólares que el sistema intenta retener.

Ante este escenario, la pregunta que obsesiona al poder real, a ese establishment que aplaudió el shock inicial, ya no es si el plan es bueno, sino si el piloto puede mantener el avión en el aire. Y aquí, me permito especular, es donde se juega la verdadera partida. Las conversaciones en voz baja ya no son sobre el rumbo, sino sobre las alternativas. Se barajan cuatro salidas de emergencia, cuatro formas de tomar el control de una nave que empieza a entrar en barrena:

La primera es la obstinación. El Presidente, convencido de su misión histórica, se atrinchera en su núcleo de fieles y acelera, doblando la apuesta del ajuste. Un camino de colisión directa contra la realidad política y social.

La segunda es el tutelaje. El poder económico, alarmado por la inestabilidad, interviene. Se mantiene la fachada presidencial, pero se impone un jefe de gabinete que gobierne de facto, un gerente de crisis que garantice que el programa sobreviva, aunque sea sin su autor original al volante.

La tercera es el relevo interno. La Vicepresidenta, con un perfil y un proyecto propios, capitaliza el descontento y la debilidad presidencial. No sería una simple sucesión, sino un cambio de paradigma: el fin del experimento anarco-capitalista para dar paso a una derecha más tradicional, nacionalista y ordenada.

La cuarta, y más dramática, es la solución parlamentaria. La crisis se vuelve insostenible y el gobierno cae. El Congreso, como último recurso institucional, pacta un gobierno de unidad nacional. Un equipo de supervivencia formado por fragmentos de todos los partidos con un único objetivo no declarado: gestionar la transición y, sobre todo, cerrar el paso a la alternativa que consideran más peligrosa.

Cada uno de estos caminos es una confesión del fracaso del impulso inicial. El motor económico, diseñado para estabilizar y crecer, se reveló como una máquina de ajuste que ahora consume su propio combustible político. La pregunta ya no es si el gobierno logrará sus metas, sino si sobrevivirá a las consecuencias de sus propios métodos.

 
 
 

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