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El Monopolio de la Felicidad: Por qué la derecha se apropió del deseo y la izquierda se quedó con la culpa

  • Coco Montes
  • 24 oct
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 7 nov

"En la izquierda son unos tristes no tienen felicidad ninguna".

La frase, lanzada por la líder política española Isabel Díaz Ayuso, es más que una chicana. Es un diagnóstico que actúa como disparador en la reciente entrevista de Jorge Alemán en "Agujeros en la red". El debate que se abre es incómodo y fundamental: ¿Por qué la derecha parece haber ganado la exclusividad de las imágenes de la felicidad y la libertad, mientras la izquierda ha quedado encasillada en el rol del censor?

El análisis que emerge de la conversación desarma la comodidad progresista. La derecha, en sus versiones contemporáneas, ha logrado algo que la izquierda institucional perdió: fundir su propuesta con el mercado y, por tanto, con la vida cotidiana. Su "libertad" es tangible, inmediata y está anclada en el consumo. Es la libertad de "salir de terraceo" en pandemia, usar el coche sin culpas o comer carne sin pensar en el planeta. Es una invitación directa a un tipo de goce.

¿Y la izquierda? La izquierda regula.

Se ha convertido, como plantea la entrevista, en una instancia moralizadora. Es el dedo que señala la contaminación, el que advierte sobre los contagios, el que administra la escasez. La tesis es brutal: la izquierda oficial "ya no es capaz de producir mundo"; solo intenta gestionar, con un barniz de culpa, el mundo que impone el capital.



Jorge Alemán, sin embargo, rechaza la trampa. Califica el estereotipo de Ayuso como "anticuado", evocando liturgias alegres que la derecha jamás pudo imitar, como la "explosión de carnaval" del peronismo. Pero el punto central de su contra-análisis es otro: la felicidad que vende la derecha es "altamente sospechosa", un "fake".

La prueba no es ideológica, es fáctica. El síntoma de que esta "vida mercado" es inhabitable es que "los ansiolíticos son el medicamento más vendido". La promesa de libertad total de la derecha es una mentira que se paga con salud mental. Es una desregulación que esconde una "ultrarregulación": la del mercado sobre la vida y la de un programa moral reaccionario (anti-aborto, xenófobo).

Si la felicidad del mercado es un fraude, ¿dónde reside la auténtica? Alemán la sitúa, vía Kant, en el "entusiasmo". La define como la experiencia singular que se articula con "un hecho de justicia colectivo". Es la alegría no programada, el "despilfarro de tiempo feliz" que se vivió en las plazas del 15M o, como apunta el entrevistador, en la experiencia colectiva de un "apagón" donde la gente se reconectó con sus vecinos, libre de la presión del rendimiento.

El problema, y la conclusión más potente de la entrevista, es que la "izquierda organizada" es sorda. No sabe "escuchar" ese malestar profundo ni ese deseo espontáneo de vínculo.

Alemán es categórico: "la izquierda tiene que pensar el goce". Ha cometido el error histórico de creer que la gente será feliz solo con la "necesidad" planificada, olvidando el deseo. La política, concluyen, es una "disputa antropológica" sobre formas de sentir. Mientras la izquierda no se atreva a proponer un "mundo sensible" propio, seguirá administrando la tristeza del mundo de otros.


 
 
 

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