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El Propósito en la Era de la Irrelevancia

  • R. D'Alessandro
  • 5 nov
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 7 nov

La automatización rompió el pacto social del siglo XX: la riqueza ya no depende del trabajo humano. El análisis explora la fractura del sistema distributivo y la crisis existencial que emerge cuando el sistema nos define como económicamente irrelevantes.

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Existe un debate contemporáneo que, en la superficie, parece una provocación intelectual: la idea de que en plena era de desigualdad récord, la "justicia" reside en eximir de impuestos a los más ricos. Esta propuesta es un síntoma. Si uno ignora la política contingente y escucha el subtexto, lo que realmente se está diciendo es que el capital tecnológico, la fuente de la nueva riqueza, ya no necesita al trabajo humano y, por lo tanto, no le debe nada.

Es la primera grieta visible del colapso de un pacto que duró un siglo.

La sociedad fordista, la democracia liberal del siglo XX, funcionaba (con sus fallos) bajo una premisa simple: la producción de riqueza requería empleo masivo. El trabajo era el mecanismo central de distribución de riqueza (salarios) y de financiación del Estado (impuestos sobre la renta y el consumo).

Ese pacto ha muerto. La automatización, la IA y la robotización han roto la cadena. Hoy, la producción de riqueza puede aumentar exponencialmente mientras el empleo se estanca o desaparece.

Esto no es una crisis laboral. Es una fractura existencial. La pregunta que define el siglo XXI es qué hacemos con una humanidad que el sistema económico ha definido como "superflua".

Plutocracia Algorítmica

Si no se interviene, si se deja que la fractura siga su curso, el escenario por defecto es la Plutocracia Tecnológica.

No es una distopía de ciencia ficción; es la profundización de la lógica actual. Una élite diminuta que posee las plataformas y los algoritmos acumula una riqueza inimaginable. Debajo, una vasta "clase precaria" (el precariado) sobrevive de las migajas no automatizables: los trabajos de la gig economy.

Es la vida existencial de esta clase la que revela el verdadero horror. El "jefe" es un algoritmo impenetrable. La vida se rige por la "ansiedad algorítmica": el miedo constante a ser "desactivado" por una mala calificación o un cambio en el código, sin derecho a apelación.

En este escenario, la geografía se parte en dos: las "Zonas Verdes", ciudades inteligentes y seguras para la élite, y las "Zonas Rojas", las periferias abandonadas donde se hacina el precariado. La comunidad allí no se basa en la elección, sino en la desesperación: cocinas comunitarias y redes de cuidado para sobrevivir.

Para la gran masa de "irrelevantes" económicos, los que ni siquiera acceden al precariado, el sistema ofrece el "pan y circo" definitivo: el "metaverso barato". Un acceso casi gratuito a realidades virtuales inmersivas, juegos y entretenimiento sin fin, diseñados para ser lo suficientemente adictivos como para mantenerlos dóciles y distraídos de su irrelevancia física .

Serían pobres en el mundo real, pero reyes en el virtual. Una vida definida por el resentimiento hacia la élite intocable y la búsqueda desesperada de sentido. Esta búsqueda tomaría formas extremas:

  • El fundamentalismo, ya sea religioso o político, como un retorno a marcos espirituales rígidos que prometen justicia en el más allá y dan sentido al sufrimiento en el presente.

  • Un culto al cuerpo llevado al límite. En un mundo donde no se controla el estatus social ni el sustento, el individuo se enfoca en lo único que le pertenece: su biología. Esto se manifestaría en obsesiones por la modificación corporal, el culturismo, el uso de drogas de diseño para alterar la percepción o la búsqueda de experiencias físicas extremas, como una forma de afirmar la existencia y el control.

  • Y, finalmente, el sabotaje neoludita. Es crucial entender esto: los luditas históricos (Inglaterra, siglo XIX) no eran ignorantes antitecnología. Eran artesanos calificados que entendieron que los nuevos telares mecánicos no se usaban para liberar a la gente, sino para bajarles el salario y quitarles el control de su trabajo. Su sabotaje era un acto de negociación económica. El neoludita de hoy no odia la tecnología; resiste su uso como herramienta de precarización, rompiendo drones de reparto o buscando "confundir" los algoritmos que lo gestionan.

El Horizonte Utópico y su Vacío Existencial

En el polo opuesto de la distopía precaria se encuentra el escenario utópico: el "Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado".

Aquí, la automatización alcanza el nivel de la post-escasez. El costo marginal de producir bienes y servicios esenciales (comida, energía, vivienda) tiende a cero. La clave es que la infraestructura de IA y robots es de propiedad colectiva. El dinero pierde relevancia. Las necesidades materiales están cubiertas para todos.

El conflicto político, tal como lo conocemos, desaparece. Ya no se debate "cómo repartir la torta", porque el pastel es esencialmente infinito. La política se transforma en la gestión de valores y preguntas éticas: ¿Debe la IA dedicarse a explorar el espacio o a crear arte? ¿Cuáles son los límites de la ingeniería genética ahora que todo es posible? .

Este es el paraíso material.

Y, sin embargo, es precisamente esta perfección material la que presenta el desafío existencial más profundo. Es un escenario que genera su propia y aterradora angustia: el vacío.

En la Plutocracia Tecnológica, la lucha por la supervivencia da un propósito (aunque sea miserable). En el "comunismo de lujo", no hay lucha. Si la supervivencia está garantizada, la pregunta existencial "¿Soy necesario?" se transforma en la pregunta, quizás más difícil, "¿Qué quiero hacer con mi tiempo?".

Este es el riesgo de la "decadencia cómoda". El terror existencial a convertirnos en seres pasivos, infantiles, cuidados por máquinas benevolentes, que han perdido todo impulso, toda curiosidad, todo propósito. Si una IA lo hace todo objetivamente mejor que nosotros —ciencia, arte, filosofía—, ¿nos volveremos simples consumidores de ocio en una vida placentera pero esencialmente vacía?.

El Intento de Sutura

Entre la distopía de la irrelevancia miserable y el vacío existencial de la utopía, es donde emerge el debate sobre la Renta Básica Universal (RBU).

Es el intento reformista de suturar la herida. La RBU, en su forma pura, es universal e incondicional; desvincula la supervivencia del empleo y se plantea no como caridad, sino como un "dividendo social": el derecho de cada ciudadano a recibir una parte de la riqueza generada colectivamente. Sus defensores la ven como la herramienta lógica para evitar la crueldad de la Plutocracia, dando un "suelo" de seguridad que fomenta el emprendimiento y da poder de negociación al trabajador.

El debate se vuelve áspero en la financiación. Los críticos señalan su costo astronómico, un riesgo de quiebra estatal o la necesidad de impuestos confiscatorios. Los defensores responden que el paradigma fiscal debe cambiar: se financiaría no gravando el trabajo (escaso), sino las fuentes de la nueva riqueza.

Proponen gravar las ganancias de las gigantes tecnológicas, los datos considerados un bien común o un impuesto a los robots por cada proceso automatizado, además del ahorro burocrático que implicaría eliminar otros planes de asistencia.

Pero los desafíos no son solo contables. Los detractores señalan el riesgo de una inflación si la demanda crece bruscamente sin un aumento correlativo de la oferta. Y, sobre todo, plantean la crítica filosófica más popular: ¿Dejará la gente de trabajar? ¿Quién hará los trabajos necesarios pero desagradables? A esto se suma una viabilidad política que, requiriendo un consenso para gravar masivamente a los sectores más poderosos, hoy parece ciencia ficción.

El problema de fondo es que la RBU, aunque fuese viable y necesaria para la transición, sigue siendo una solución económica a un problema que ya no es económico. Resuelve el sustento, pero no el propósito.

La automatización nos está obligando, como especie, a pasar de una existencia definida por la necesidad a una definida por la voluntad.

Y no está claro que estemos preparados para esa libertad.


 
 
 

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