El Ultimo Tramo a las Elecciones
- R. D'Alessandro
- 1 sept
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Actualizado: 2 sept
Hay semanas que funcionan como un acelerador de partículas de la historia. Comprimen el tiempo, revelan las fisuras de los discursos y fuerzan a los actores a quitarse las máscaras. La última semana de agosto fue una de ellas. Mientras el gobierno de Javier Milei se enredaba en un escándalo de corrupción tan pedestre como revelador, un gobernador peronista movía sus fichas para capitalizar la parálisis. Y en el llano, allá donde la política se traduce en un recibo de sueldo, el eco de esa colisión magnificada comenzaba a reordenar las tensiones locales.
El punto de ignición, por supuesto, fue el "caso Spagnuolo". Los audios del exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad no son solo la crónica de un presunto pedido de coimas. Son, sobre todo, la banda sonora del fin de la inocencia de un proyecto que construyó su capital político sobre la promesa de una pureza ascética frente a la "casta". El relato se hizo añicos. La irrupción del nombre de Karina Milei, el personaje totémico del nuevo poder, en el centro de la trama, transformó un caso de corrupción en una crisis de identidad.
La respuesta del Gobierno fue un manual de la vieja política que decían venir a sepultar: negación, victimización y la promesa de una contraofensiva judicial. Pero el daño ya estaba hecho. No se trata de la minucia legal, sino del golpe al corazón simbólico. La imagen de una máquina de contar billetes secuestrada en la casa de un funcionario libertario es una metáfora demasiado potente, casi una obra de arte conceptual sobre el fracaso de una narrativa. El escándalo, convenientemente, estalló a días de una elección clave, sirviendo como un test de estrés para un gobierno que ya mostraba signos de fatiga en su conexión con una sociedad golpeada por una economía que no termina de arrancar. La caída en la confianza del consumidor y el repunte inflacionario de agosto son los datos duros que acompañan esa desilusión creciente. La estabilización es, por ahora, un anhelo atrapado en una planilla de Excel.
Mientras la Casa Rosada se convertía en un laberinto de paranoia y control de daños, a 60 kilómetros de distancia, en La Plata, Axel Kicillof olfateó la sangre. Con un timing político depredador, el gobernador bonaerense lanzó su propia ofensiva. Su proyecto de ley para que la Provincia pueda finalizar las obras públicas nacionales paralizadas es mucho más que una solución administrativa: es un arma política de doble filo. Por un lado, se erige como el gestor que resuelve, el "Estado presente" que llega donde el anarcocapitalismo deja un esqueleto de hormigón a medio construir. Por otro, expone y nacionaliza la inacción de Milei, transformando cada ruta a oscuras y cada centro de salud abandonado en un monumento al fracaso libertario.
Kicillof no está simplemente gestionando; está construyendo un contra-relato. A la parálisis nacional le opone el movimiento provincial. Al ajuste "criminal", la inversión visible. Es una partida de ajedrez donde el gobernador bonaerense avanza con sus torres mientras el rey contrario está ocupado sofocando una rebelión dentro de su propio castillo.
Este choque de placas tectónicas, la nacional y la provincial, no es un fenómeno abstracto. Su onda expansiva llega hasta el último rincón del territorio, como demuestra el caso de Bolívar. En este distrito del interior bonaerense, gobernado por el peronismo, la macro política se materializó de forma cruda y palpable. La misma semana en que se debatía la corrupción en las altas esferas, las enfermeras del hospital municipal salían a la calle. Su reclamo por un salario básico de 700.000 pesos es el reverso exacto de la crisis financiera producida por el desmanejo de la administración local. Es la realidad tangible de la ineficiencia, el punto donde el discurso se convierte en la dificultad para pagar el alquiler. La amenaza de "parar el Hospital" es la irrupción de la economía real en la descuidada administración de una gestión local, un recordatorio de que ningún intendente, por hábil que sea, puede hacer de los fondos públicos su caja política.
Es en este microcosmos donde la descomposición de las narrativas adquieren nuevas formas. El silencio del capítulo local de La Libertad Avanza ante el escándalo es elocuente. Es la retirada táctica de quien no tiene un discurso para defender lo indefendible, una apuesta a que la tormenta pase sin arrancar el techo. Pero el silencio en política rara vez es neutral; a menudo, es el espacio que otros se apresuran a ocupar. Y así, emergen actores como Luciano Carballo Laveglia de SOMOS, intentando construir una "tercera vía" sobre las ruinas de la credibilidad ajena. En esta última semana el concejal y candidato estrenó un discurso que denuncia por igual la corrupción del kirchnerismo y la del nuevo gobierno, en busca atraer a los náufragos de la polarización, esa franja de la ciudadanía cansada de elegir entre dos modelos de decepción.
La última semana de agosto nos deja, entonces, una postal del poder en sus tres dimensiones. Un gobierno nacional que envejeció una década en siete días, atrapado en el espejo roto de sus propias promesas. Un poder provincial que, desde la oposición, construye su fortaleza sobre la debilidad ajena. Y un escenario local donde los conflictos cotidianos y las estrategias de los nuevos actores revelan que, al final del día, todo desmanejo financiero se termina discutiendo en la mesa de una familia, en el pasillo de un hospital o en el Concejo Deliberante de un pueblo. Las próximas elecciones dirán cuánto de este desgaste se traduce en votos, pero el capital político, una vez que se pierde, rara vez se recupera. Y el oficialismo, esta semana, gastó casi todo lo que le quedaba.







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