El Voto Evaporado: La nueva Realidad Política de Bolívar
- R. D'Alessandro
- 10 sept
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 oct

Entre la elección local de 2023 y la del 7 de septiembre de 2025, algo fundamental cambió en el escenario político de Bolívar: 4.150 votos afirmativos se evaporaron. No migraron de un partido a otro; simplemente desaparecieron del sistema. Este número, frío y contundente, no es una anécdota estadística sobre la participación. Es el dato que define el resultado, deconstruye las victorias, magnifica las derrotas y expone la profunda crisis de representación que atraviesa el distrito. El gran protagonista de la elección no fue un candidato ni un partido, sino ese bloque masivo y silencioso de ciudadanos que decidieron que ninguna oferta merecía su voto.
Este éxodo de votantes es el prisma a través del cual debe leerse el desempeño de todas las fuerzas. En un contexto de desencanto generalizado, las expectativas previas chocaron con una realidad mucho más compleja. La sangría de las fuerzas tradicionales no se tradujo en una ola disruptiva para los nuevos actores, sino en una redistribución de poder dentro de un ecosistema electoral visiblemente encogido.
El Espejismo del Crecimiento y la Brutalidad de la Caída
El caso de LLA-PRO es paradigmático. En un escenario nacional y local que parecía diseñado a medida para una fuerza anti-sistema, y con un caudal de votos fugados del radicalismo a su disposición, sus resultados fueron, en el mejor de los casos, modestos. Aumentaron su caudal en apenas 951 votos respecto a 2023. Es un crecimiento innegable que les aseguró el segundo lugar formal, pero que se queda corto frente a las expectativas de capitalizar el colapso del viejo orden. No lograron generar una nueva ola de adhesión; se limitaron a capturar una pequeña fracción del descontento ya existente, demostrando tener un techo mucho más bajo de lo que se proyectaba.
El modesto avance libertario contrasta brutalmente con el derrumbe de las estructuras tradicionales. Fuerza Patria, aunque retuvo el primer puesto, lo hizo perdiendo 2,711 votos respecto de 2023. Su victoria tiene un sabor pírrico, lograda sobre un universo de votantes más pequeño y con un mandato que representa a menos de uno de cada cuatro bolivarenses del padrón. El epicentro del sismo, sin embargo, fue SOMOS. La principal fuerza opositora de 2023 se desintegró, perdiendo 6,273 votos y cediendo su lugar a dos herederos: HECHOS, que capitalizó la fuga interna del radicalismo, y el propio LLA-PRO.
Anatomía del Vacío: ¿A Dónde se Fueron los Votos?
La desaparición de 4,150 votos afirmativos es la pérdida neta del sistema. Pero el movimiento subterráneo es aún mayor. Si sumamos los votos que Fuerza Patria y SOMOS perdieron y que no fueron transferidos a ningún otro competidor, la cifra asciende a 4,205 votos. Este es el bloque del desencanto puro: ex-votantes de los partidos mayoritarios que, en 2025, no encontraron refugio en ninguna otra opción y abandonaron el proceso.
Al poner este dato en el ranking electoral, la realidad se impone sobre la narrativa oficial:
Fuerza Patria: 7,287 votos.
El Bloque del Desencanto (votos perdidos no transferidos): 4,205 votos.
LLA-PRO: 4,173 votos.
La segunda fuerza política de Bolívar no tiene personería jurídica. Es un conjunto de voluntades frustradas que, con su retirada, superó al partido que formalmente obtuvo la medalla de plata. Y esta es solo la capa más reciente del descontento. Si expandimos el foco a todos los ciudadanos habilitados que no participaron —la suma de la abstención histórica y la nueva—, el "partido del ausente" escala a 12,619 personas. No es la segunda fuerza; es la primera, con una ventaja de casi el 75% sobre la lista ganadora.
Gobernar en un Ecosistema Reducido: ¿La Antesala del Conflicto Social?
Las consecuencias de este nuevo mapa van más allá de la aritmética electoral. Para el oficialismo, implica la difícil tarea de gobernar con una legitimidad formal intacta pero un capital político erosionado. Su base de apoyo se reduce, y su capacidad para mediar en las tensiones sociales se debilita cuando una mayoría silenciosa ya no se siente parte del contrato. Para la nueva oposición, la lección es de humildad. Su crecimiento se dio sobre las ruinas de otro, no por una capacidad propia de movilizar a los desencantados. Están compitiendo por un trozo más grande de un pastel cada vez más pequeño.
Pero el verdadero riesgo no reside en la futura correlación de fuerzas del Concejo Deliberante. La pregunta fundamental es: ¿qué sucede cuando la energía social que antes se canalizaba a través del voto se queda sin un cauce institucional? La política pierde su función de arbitraje y el conflicto se traslada a otros escenarios, a menudo de forma más directa y disruptiva.
Cuando un sector clave como los productores agropecuarios, sintiendo que la política fiscal es sorda a sus reclamos, comienza a impulsar una rebelión fiscal, está actuando por fuera de los canales de representación tradicionales. Cuando las enfermeras del hospital municipal, autoorganizadas y al margen de las negociaciones formales, llevan adelante una medida de fuerza por la recomposición de sus salarios, demuestran que la confianza en la mediación política (partidos y sindicatos) está rota. Estos no son hechos aislados; son síntomas de un sistema donde los actores sociales perciben que la política institucional ya no resuelve sus problemas.
El verdadero peligro de gobernar en este ecosistema reducido no es simplemente la debilidad electoral. Es que, a medida que el sistema político se vuelve irrelevante para una porción mayor de la ciudadanía, las disputas por los recursos, los derechos y los ingresos escalen sin mediación posible. La pregunta final, y la más inquietante, queda abierta: con una sociedad desconectada de sus representantes, ¿será que veremos escalar formas de conflicto social que hasta ahora ni siquiera imaginábamos en el escenario local?







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