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Nicolás Moran, el gran ganador

  • R. D'Alessandro
  • 8 sept
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 9 sept

En política, como en el boxeo, no todas las victorias valen lo mismo. Hay triunfos por nocaut, aplastantes, que redefinen el escenario. Y hay victorias por puntos, ajustadas, de esas que dejan al ganador con el rostro hinchado y la certeza de que el próximo combate será aún más duro. La elección legislativa del 7 de septiembre en Bolívar pertenece, sin lugar a dudas, a esta segunda categoría. El oficialismo de Fuerza Patria ganó, sí. El titular es suyo. Pero debajo de esa capa de barniz, las cifras revelan una hemorragia de poder, un retroceso que transforma la celebración en un acto de voluntarismo. La pregunta que resuena en los pasillos del poder local no es quién ganó, sino cuánto perdieron todos.

El poder, para ser efectivo, necesita una mística, una narrativa de expansión. El peronismo, en todas sus variantes locales, ha entendido esto a la perfección. Gobernar es, ante todo, construir la percepción de una mayoría creciente, de un proyecto que suma y avanza. En 2023, Fuerza Patria cumplió con ese rito: rozó los 10,000 votos (9,998 para ser exactos) y se adjudicó un imponente 43% del total. Era la fotografía de un poder consolidado. Avancemos dos años en el tiempo. La elección de 2025 le otorga la victoria con 7,287 votos. La matemática es cruel: se han evaporado 2,711 votos. No es un ajuste, es un desplome. Una pérdida del 27% de su propio electorado en apenas veinticuatro meses.

Pero el dato es aún más profundo. En palabras sencillas, se achicó la torta y se achicó además su participación relativa en la torta. La metáfora es perfecta. No solo hubo menos comensales en la fiesta de la democracia –la participación cayó de 23,250 a 19,147 votantes–, sino que el oficialismo se llevó una porción más pequeña de un pastel ya reducido. Su peso electoral cayó del 43% al 38%. Ganaron, sí, pero hoy son objetivamente menos representativos de lo que eran ayer. Es la definición de una victoria pírrica: un triunfo que se paga con los recursos que serán necesarios para las batallas futuras. Para el dúo Bucca-Pisano, esto no es un dato electoral, es un condicionante estratégico para la segunda mitad de su mandato. Se gobierna con poder, no solo con el sello del escrutinio.

Del otro lado del ring, el avance de la alianza LLA-PRO es, a primera vista, la contracara del oficialismo. El crecimiento absoluto es innegable: pasaron de 3,173 a 4,173 votos, un salto numérico del 31.5% que les permite abandonar el nicho y vestirse con el traje, todavía algo holgado, de principal fuerza opositora. Pero en política, los números sin contexto son una ilusión óptica. La clave está en el denominador. Sus 4,173 votos en la "torta achicada" de 2025 les otorgan un 21.8%. Un porcentaje que se ve menos imponente si se lo proyecta sobre el escenario de mayor participación de 2023: en aquella elección, esa misma cantidad de votos les hubiera significado apenas un 18%. Aquí yace la paradoja de su avance: es un crecimiento real pero moderado, no disruptivo. Se consolidan, pero se quedan lejos de la marca de los 5,000 votos que hubiera significado un resultado excelente.

LLA en Bolívar tocó techo y el desplome de Milei (de ratificarse en Octubre) el ancla que los lleva al fondo del mar.

Pero la verdadera implosión opositora no ocurrió en la frontera ideológica, sino en el corazón del radicalismo. La irrupción de HECHOS, una lista de extracción filo-radical, es el dato político más relevante de la elección. Su notable performance de 3,485 votos (18.20%) y la obtención de dos bancas en el Concejo Deliberante no es solo un éxito para un espacio nuevo; es un acto de secesión en toda regla. Este resultado es un misil teledirigido a la línea de flotación de la UCR orgánica, representada en la lista SOMOS, que obtuvo unos casi idénticos 3,385 votos (17.68%). El mensaje es brutal y explícito: el voto de tradición radical se ha partido en dos mitades casi perfectas. Lo que antes era un bloque cohesionado que superaba los 9,600 votos en 2023, hoy son dos facciones irreconciliables que, por separado, compiten por el tercer puesto. Para la UCR, la elección de HECHOS es el espejo de su propia crisis de representación: una dirigencia que no supo, no pudo o no quiso contener a una parte sustancial de su base social, que encontró en una nueva oferta un canal más atractivo para su expresión.

Esta fractura interna es, quizás, más dañina para la oposición que su ya conocida división con el libertarismo. La suma del voto no oficialista (LLA-PRO, HECHOS, SOMOS) alcanza una mayoría social aplastante: casi el 58%. Es una mayoría electoral huérfana, un gigante tricéfalo. Tres espacios que, en su competencia por nichos ideológicos o, peor aún, por disputas intestinas, garantizan la supervivencia de aquello que dicen combatir. La fragmentación no es una táctica, es una patología. Y es la que permite que un gobierno que representa al 38% de los votantes gestione los destinos del 100% de los ciudadanos.

Pero quizás el actor más relevante de esta elección fue el que no se presentó: el ausente. Los más de 4,000 votantes que participaron en 2023 y decidieron quedarse en sus casas en 2025. Su silencio es el ruido más ensordecedor de la jornada. Es la manifestación de una fatiga cívica, de una desconexión profunda entre la oferta política y las demandas ciudadanas. Esa caída en la participación es el "achicamiento de la torta", una contracción del espacio público que debería alarmar a toda la dirigencia, sin distinción de colores. Cuando la gente deja de creer que su voto puede cambiar algo, el sistema entero empieza a crujir.

El resultado final es un equilibrio inestable, un espejismo de gobernabilidad. Fuerza Patria conserva la intendencia, pero con una legitimidad resentida y una base electoral en retroceso. La oposición crece en votos y en poder, arrebatándole al proyecto de Bucca y Pisano la mayoría automática del HCD. La sociedad observa con una mezcla de apatía y escepticismo. La victoria del 7 de septiembre no ha despejado ninguna incógnita; al contrario, ha puesto sobre la mesa la fragilidad del poder en Bolívar y la urgente necesidad de reconstruir puentes entre los representantes y los representados. Porque ganar perdiendo es, a la larga, la forma más segura de terminar perdiendo de verdad.

 
 
 

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