Kicillof Convirtió una Elección Provincial en el Primer Juicio al Modelo Milei
- I. Montes
- 8 sept
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 9 sept
Las elecciones del pasado 7 de septiembre no fueron simplemente una contienda legislativa más en el laberíntico calendario político argentino. Fueron, en su diseño y ejecución, un plebiscito de facto. Una apuesta personal y de altísimo riesgo de Axel Kicillof que, al desacoplar el destino electoral de la provincia de Buenos Aires del nacional, transformó una elección intermedia en un veredicto inapelable sobre los primeros meses de la administración de Javier Milei. El resultado no solo consagró al gobernador como el líder indiscutido de la oposición peronista, sino que expuso las grietas estructurales del proyecto libertario cuando se lo obliga a abandonar la abstracción del debate macroeconómico para pisar el barro de la realidad territorial.
La maniobra, resistida con vehemencia por el núcleo duro del kirchnerismo que veía en ella una fractura innecesaria del frente opositor, demostró ser una pieza de relojería estratégica. Kicillof entendió algo fundamental: en un enfrentamiento directo en el terreno nacional, centrado en la figura presidencial y la retórica anti-casta, Milei todavía jugaba con ventaja. La única forma de alterar esa correlación de fuerzas era cambiar el campo de batalla. Al "provincializar" la elección, Kicillof no la achicó; por el contrario, la nacionalizó desde lo local. Forzó a que la discusión abandonara los dogmas ideológicos para centrarse en las consecuencias tangibles del ajuste: la obra pública paralizada, el poder adquisitivo de las jubilaciones pulverizado, la reducción de la asistencia social. Se votó, en definitiva, entre dos modelos de Estado que se manifestaban en la vida cotidiana: el "Estado presente" que Kicillof enarbolaba y el "plan motosierra" que la Casa Rosada ejecutaba.
Los números definitivos del escrutinio no dejan lugar a interpretaciones ambiguas. Con un 47.2% de los sufragios, la coalición oficialista provincial, Fuerza Patria, se impuso sobre la alianza de La Libertad Avanza y el PRO, que alcanzó un 33.8%. La diferencia de más de trece puntos porcentuales, que se traduce en más de un millón de votos, es un dato político de una contundencia brutal. La polarización fue tan intensa que aniquiló cualquier intento de terceras vías. La coalición de centro Somos Buenos Aires y el Frente de Izquierda apenas sumaron, entre ambos, menos del 10% de los votos, confirmando que el electorado fue convocado a un duelo entre dos proyectos antagónicos y respondió en consecuencia.
Sin embargo, el resultado agregado esconde la clave geográfica del triunfo. La elección, como tantas otras veces, se definió en el Conurbano Bonaerense, esa inmensa y compleja mancha urbana donde reside el 71% del padrón provincial. El mapa electoral revela la existencia de dos "provincias" políticas superpuestas en un mismo territorio. En la Primera y Tercera Sección Electoral, los corazones demográficos del Conurbano, Fuerza Patria construyó una ventaja insuperable. En la Primera, el margen fue de diez puntos, pero en la Tercera, bastión histórico del peronismo, la diferencia fue una masacre electoral: más de 25 puntos, con un 53.9% para el oficialismo provincial frente a un magro 28.6% para la lista apoyada por el presidente. Solo esta sección aportó una ventaja neta de 700,000 votos, sellando el destino de la elección.
La Libertad Avanza solo pudo celebrar triunfos en el interior, en las secciones Quinta y Sexta, de perfil más agropecuario y receptivo a su discurso. Pero el peso demográfico de estas zonas es insuficiente para contrarrestar la marea de votos del Conurbano. La estrategia de Kicillof activó y potenció esta ventaja estructural. Al llevar el debate a las preocupaciones inmediatas de una población altamente dependiente de los servicios estatales, arrastró a La Libertad Avanza a una contienda para la cual no estaba preparada. Sin estructura territorial robusta, con candidatos de escaso conocimiento público y con una campaña basada casi exclusivamente en la figura presidencial, el oficialismo nacional se encontró sin herramientas para disputar el voto en el llano.
El Poder del Territorio y la Movilización Asimétrica
Más allá de la estrategia, la victoria se explica por dos claves sociológicas fundamentales. La primera es la canalización del "voto castigo". El discurso de Kicillof durante la campaña, y en su propia celebración del triunfo, fue un martilleo constante sobre las consecuencias del ajuste, afirmando que "las urnas le dijeron al presidente Milei que va a tener que rectificar el rumbo". Este mensaje encontró un eco profundo en un electorado que sufre en carne propia la contracción del gasto público.
La segunda clave es la formidable capacidad de movilización del peronismo, el famoso "aparato". La victoria en 95 de los 135 municipios es un testamento de la vigencia de esta maquinaria. La inclusión de intendentes de peso y alta aprobación local en las boletas funcionó como un motor de tracción de votos decisivo. Figuras como Fernando Espinoza en La Matanza o Jorge Ferraresi en Avellaneda, donde Fuerza Patria superó el 64% , garantizaron una campaña de proximidad y una fiscalización efectiva que contrasta brutalmente con el modelo de campaña de LLA, más virtual y dependiente de la adhesión ideológica que de la organización territorial.
Este fenómeno se conecta directamente con el análisis de la participación electoral. El 63% de concurrencia, si bien es bajo en comparación con elecciones legislativas nacionales anteriores, es notablemente superior al de otras provincias que también desdoblaron sus comicios. La conclusión no es una apatía generalizada, sino una "movilización asimétrica". La maquinaria peronista, hiper motivada por la confrontación directa con el modelo de Milei, logró llevar a su base a las urnas de manera eficaz. Por el contrario, la ausencia de una contienda presidencial de alto voltaje parece haber desmovilizado a una porción del electorado opositor e indeciso, menos incentivado a participar en una elección puramente legislativa. El resultado fue que la base peronista, altamente movilizada, tuvo un peso relativo mayor en el universo total de votantes, amplificando la magnitud de la victoria.
De Gobernador a Jefe de la Oposición
Las consecuencias de este triunfo trascienden los límites de la provincia. En el búnker de Fuerza Patria, el cántico "borombombom, borombombom, es para Axel la conducción" no fue un simple festejo, sino el acta de nacimiento de un nuevo liderazgo nacional. Kicillof ya no es solo el gobernador de la provincia más grande del país; es, por peso electoral propio, el jefe de la oposición. Su discurso de victoria, de tono y alcance nacional, fue una declaración explícita de sus aspiraciones presidenciales, una postulación de su modelo de gestión como la alternativa viable para 2027.
Pero la victoria tiene una segunda lectura, quizás más importante para su futuro: es un triunfo en la interna del peronismo. Al imponer su estrategia contra la opinión del kirchnerismo duro, Kicillof ha demostrado que su lectura de la realidad era la correcta, ganando una autonomía y una autoridad sin precedentes. Su propio espacio político, el Movimiento Derecho al Futuro, sale inmensamente fortalecido, debilitando la capacidad de veto de los sectores más tradicionales sobre su proyecto.
Finalmente, la victoria se traduce en poder tangible. A partir de diciembre, Fuerza Patria controlará 24 de los 46 escaños en el Senado provincial, alcanzando el quórum propio. Este hecho, que puede parecer un tecnicismo parlamentario, es de una importancia estratégica capital. Libera al gobernador de la necesidad de negociar con la oposición para aprobar leyes clave, como el presupuesto. Con el control del Senado, Kicillof ya no solo gestionará en confrontación con la Nación; ahora puede utilizar la legislatura bonaerense como un laboratorio para su proyecto nacional. Podrá impulsar una agenda legislativa propia en producción, salud y educación que sirva como un contra-modelo directo a las políticas de Milei.
La elección del 7 de septiembre le ha entregado a Axel Kicillof las herramientas para construir, desde la provincia de Buenos Aires, los cimientos de su plataforma presidencial. La apuesta solitaria rindió sus frutos. Ahora, el peronismo tiene un nuevo conductor, y el gobierno de Milei, un adversario consolidado con un plan y el poder para ejecutarlo. La batalla por 2027 ha comenzado.







Comentarios