INFORME ESPECIAL: Disparos en la Escuela: Las Fallas de un Sistema que no Contiene a sus Hijos
- Equipo de Confidencial
- 11 sept
- 7 Min. de lectura
Investigación de Confidencial
El silencio del primer recreo se rompió a las 9:30 de la mañana. En la Escuela Marcelino Blanco, del apacible departamento de La Paz, en Mendoza, el murmullo de los pasillos fue reemplazado por el pánico. Una alumna de 14 años, descrita por todos como "callada" y "tímida", salió de un baño con una pistola 9mm en su mano derecha. Durante las siguientes cinco horas, mantuvo en vilo a toda una comunidad, atrincherada dentro del edificio que debía ser el lugar más seguro para ella y sus compañeros.
La cronología del terror fue vertiginosa. Tras un presunto comentario hiriente de un compañero, la joven extrajo el arma. Una docente intentó disuadirla, pero en el tenso diálogo que siguió hasta la puerta de la dirección, la alumna disparó al piso. Se escucharon entre dos y cinco detonaciones que desataron el caos. Mientras los alumnos eran evacuados, muchos con crisis de nervios, ella se atrincheró pidiendo hablar con una profesora y con el alumno que, supuestamente, le hacía bullying. Se negó a hablar con sus padres.
Cerca de las 15:00, un equipo especializado de la policía de Mendoza logró que depusiera su actitud y entregara el arma. No hubo heridos de bala, pero la detonación simbólica fue inmensa. El arma era la reglamentaria de su padre, un oficial de la policía de San Luis. El acto no fue un impulso: fue planeado. Y sus motivaciones, según los testigos, eran un cóctel de desesperación alimentado por el acoso escolar y un conflicto con una docente de matemáticas. El evento de Mendoza no es un hecho aislado; es el síntoma más reciente de una patología que recorre las aulas argentinas y que tiene ecos de tragedias pasadas, tanto nacionales como internacionales.
Columbine: El Guion de la Violencia
El 20 de abril de 1999, dos estudiantes, Eric Harris y Dylan Klebold, redefinieron el concepto de violencia escolar. Su ataque a la Escuela Secundaria de Columbine en Colorado, Estados Unidos, no fue solo un tiroteo: fue un intento de acto terrorista a gran escala. Su plan original era detonar bombas en la cafetería para asesinar a cientos de compañeros y luego disparar a los sobrevivientes. Al fallar los explosivos, procedieron con el tiroteo, asesinando a 12 estudiantes y un profesor antes de suicidarse.

Columbine se convirtió en un paradigma macabro. Creó un "guion" cultural para futuros atacantes y desató un pánico moral que culpó a la cultura gótica y los videojuegos, desviando el foco de las causas más profundas: la salud mental y el fácil acceso a las armas. A nivel político, a pesar de la conmoción, no logró generar cambios significativos en el control de armas en Estados Unidos, pero sí transformó la seguridad escolar, introduciendo políticas de "cero tolerancia" y simulacros de tirador activo. El "Efecto Columbine" se instaló en el imaginario global, y su sombra es tan larga que llega hasta las aulas argentinas.
Carmen de Patagones: La Herida Argentina que no Cierra
Mucho antes del incidente en Mendoza, Argentina ya había vivido su propio Columbine. El 28 de septiembre de 2004, Rafael "Juniors" Solich, un alumno de 15 años, ingresó a la Escuela de Enseñanza Media N° 202 "Islas Malvinas" en Carmen de Patagones y abrió fuego contra sus compañeros. El paralelismo con el caso de Mendoza es escalofriante y revelador: el arma utilizada fue la pistola reglamentaria de su padre, una Browning 9mm de un suboficial de la Prefectura Naval.
El resultado fue una masacre. Solich asesinó a tres compañeros —Federico Ponce, Evangelina Miranda y Sandra Nuñez— e hirió a otros cinco. La tragedia fue detenida por la intervención heroica de un amigo, que se abalanzó sobre él y le quitó el arma.
Las motivaciones, nuevamente, apuntaban al bullying. Solich era descrito como un joven tímido y retraído. Debido a su edad, fue declarado inimputable y diagnosticado posteriormente con esquizofrenia. Su padre solo recibió una sanción de 45 días de arresto por negligencia. Patagones fue el primer tiroteo escolar de su tipo en América Latina y obligó al país a debatir sobre el acoso y la salud mental adolescente. Sin embargo, esa conmoción no se tradujo en políticas efectivas para prevenir que la historia, como vimos ayer en Mendoza, se repita.
El Colapso Silencioso: Fallas en la Mediación Institucional
Más allá de los perfiles de los atacantes o el origen de las armas, estos eventos exponen una falla más profunda y sistémica: el colapso de las mediaciones institucionales diseñadas para prevenirlos. Argentina cuenta con un andamiaje legal y conceptual moderno para la gestión de la convivencia, pero su aplicación práctica es deficiente, fragmentada e insuficiente. Las fallas no se deben a una ausencia de ideas, sino a una brecha profunda entre la política diseñada y la realidad cotidiana de las escuelas.
El Abismo entre la Ley y la Práctica: La Promesa Incumplida de los Acuerdos de Convivencia
Argentina cuenta con la Ley Nacional N° 26.892 para la Promoción de la Convivencia y el Abordaje de la Conflictividad Social en las Instituciones Educativas. Esta ley representa un cambio de paradigma, pasando de un modelo puramente punitivo a uno que entiende el conflicto como una oportunidad de aprendizaje y promueve la participación de toda la comunidad educativa en la construcción de Acuerdos Escolares de Convivencia (AEC). Sin embargo, su implementación enfrenta varios obstáculos:
Inercia del Modelo Punitivo: A pesar de la nueva legislación, en muchas escuelas persiste la lógica del sistema disciplinario anterior, basado en amonestaciones y sanciones verticales. Este modelo, que dominó durante más de 50 años, se centraba en una concepción binaria de "conductas buenas o malas". La transición a un modelo de convivencia dialógico y participativo requiere un cambio cultural profundo que aún no se ha completado, resultando en una coexistencia conflictiva de ambos sistemas.
Resistencia y Desigualdad en la Implementación: La ley no se aplica de manera uniforme. Durante su debate legislativo, hubo una fuerte presión, especialmente de escuelas confesionales, para quedar exentas de la obligación de implementar Consejos de Convivencia con participación estudiantil, argumentando una "pérdida del sentido de la autoridad". Esto resultó en que la obligatoriedad no alcanzara a las escuelas de gestión privada, creando una disparidad en la aplicación de un derecho fundamental y debilitando el espíritu universal de la norma.
Falta de Apropiación Cotidiana: La ley y los AEC a menudo se perciben como un requisito burocrático más que como una herramienta viva para la gestión de la vida escolar. Se describe la existencia de un "entramado legislativo de escasa referencia cotidiana" , lo que significa que, ante un conflicto real, los actores institucionales no recurren espontáneamente a los mecanismos participativos que la ley prevé, sino a prácticas más tradicionales y autoritarias.
El Eslabón Perdido: La Ausencia y la Ineficacia de los Gabinetes Psicopedagógicos
Los gabinetes psicopedagógicos (o equipos de orientación escolar) deberían ser el núcleo de la mediación y contención institucional. Su rol es brindar apoyo a estudiantes, asesorar a docentes y directivos, y actuar como puente con las familias y el sistema de salud. No obstante, su función se ve socavada por:
Disponibilidad Insuficiente: La presencia de estos equipos no está garantizada en todas las escuelas, especialmente en las secundarias. Existen proyectos de ley que buscan hacer obligatoria su creación e implementación efectiva, lo que evidencia que actualmente son un recurso escaso y no universal. En la práctica, muchas veces sus tareas son cubiertas de manera informal por directivos o docentes que carecen de la formación específica para ello.
Baja Participación y Desconexión: Incluso en las escuelas que cuentan con gabinetes, su efectividad puede ser limitada. Un estudio reveló que, si bien los docentes participan en las actividades propuestas por los gabinetes, más de la mitad de los padres y más del 60% de los estudiantes no lo hacen. Esto sugiere una desconexión entre los servicios ofrecidos y las necesidades o la confianza de la comunidad educativa, convirtiendo al gabinete en una entidad aislada en lugar de un eje integrador.
Enfoque Reactivo: A menudo, estos equipos intervienen ante "emergentes institucionales" como agresiones o conflictos ya desatados, en lugar de poder desarrollar un trabajo preventivo sostenido que promueva habilidades sociales y afectivas en todo el alumnado. La sobrecarga de casos urgentes les impide cumplir su función más estratégica: la promoción de un clima escolar saludable.
La Formación Docente: Una Competencia Clave que se Asume como Opcional
La capacidad de los docentes para mediar en conflictos cotidianos es fundamental para prevenir la escalada de la violencia. Sin embargo, la formación en esta área es deficiente:
Capacitación como Especialización, no como Base: Existen numerosas ofertas de formación en mediación escolar, pero suelen ser cursos de posgrado o especializaciones aranceladas ofrecidas por entidades externas, en lugar de ser un componente central y obligatorio en la formación inicial de todos los docentes. Esto convierte a la mediación en una habilidad de "expertos" y no en una competencia básica de todo educador.
Protocolos sin Entrenamiento: Los ministerios de educación proveen guías y protocolos de intervención ante situaciones de acoso o violencia. Sin embargo, un protocolo escrito es ineficaz si los docentes no reciben entrenamiento práctico y continuo sobre cómo "escanear el humor del grupo" cómo generar un clima de confianza para que los estudiantes reporten problemas (más del 90% de los actos de bullying no son reportados a los maestros), y cómo intervenir tempranamente sin agravar el conflicto. La existencia de un manual no garantiza la capacidad para aplicarlo bajo presión.
En resumen, la falla en la mediación institucional no es por falta de un marco legal, sino por una implementación fallida. La Ley de Convivencia se diluye en la práctica, los gabinetes psicopedagógicos son un recurso escaso y a menudo desconectado, y la formación docente en resolución de conflictos es una especialización opcional en lugar de una herramienta fundamental. Este conjunto de deficiencias crea un sistema que, aunque en el papel parece robusto, en la realidad deja a los estudiantes y docentes sin las herramientas institucionales necesarias para procesar los conflictos de manera constructiva, permitiendo que el sufrimiento individual escale hasta convertirse en una crisis violenta.







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