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La Arquitectura Emocional del Poder: La Política del Siglo XXI con Eva Illouz

  • I. Montes
  • 8 ago
  • 4 Min. de lectura

En una era marcada por la polarización afectiva, el resurgimiento de nacionalismos y la consolidación de liderazgos populistas, la sociología de las emociones emerge no como un campo de estudio exótico, sino como una herramienta crítica para comprender la naturaleza misma del poder contemporáneo. La reciente entrevista a la socióloga franco-israelí Eva Illouz ofrece una clase magistral sobre esta disciplina, desnudando las estrategias emocionales que subyacen a las democracias liberales y a sus cada vez más frecuentes derivas autoritarias. Con una lucidez y una profundidad analítica que invitan a la reflexión, Illouz nos guía a través de los laberintos de la ira, el miedo, el asco y la fraternidad, revelando cómo estas fuerzas, lejos de ser meros impulsos individuales, son construcciones sociales y, sobre todo, armas políticas.

La Sociología como Lente de Aumento de lo Íntimo

Uno de los aportes más significativos de Illouz, y que resuena con fuerza a lo largo de la entrevista, es su capacidad para conectar la experiencia individual con las estructuras sociales. Retomando la tradición de Émile Durkheim y su estudio fundacional sobre el suicidio, Illouz nos recuerda que incluso las emociones que consideramos más personales y espontáneas están moldeadas por el contexto histórico y cultural. La compasión, el honor o la forma en que reaccionamos ante una ofensa no son universales ni atemporales; son el producto de narrativas colectivas que les dan forma y sentido.

Este enfoque es crucial para desmitificar la idea de un votante puramente racional. La política, nos dice Illouz, se ha convertido en un mercado de emociones. Los líderes y sus asesores ya no solo gestionan recursos o proponen políticas públicas; gestionan y capitalizan el sentir colectivo. El malestar económico, la precariedad laboral o la sensación de pérdida de estatus se traducen, a través de hábiles narrativas políticas, en emociones concretas: la ira contra las élites, el miedo al inmigrante, el resentimiento hacia el "otro". La política se vuelve, así, un campo de batalla por la hegemonía emocional.

El Populismo: Un Cóctel Emocional Tóxico

La entrevista alcanza su punto más álgido al analizar el fenómeno del populismo, particularmente en su vertiente de derecha. Illouz disecciona con precisión quirúrgica las tácticas empleadas por figuras como Benjamin Netanyahu, que son perfectamente extrapolables a otros líderes de similar talante. Lejos de ser un exabrupto o una anomalía, el populismo es, para Illouz, una estrategia calculada de manipulación emocional que se asienta sobre varios pilares:

  1. El Control de la Esfera Pública: La demonización de la prensa independiente y el fomento de medios afines no buscan solo controlar el flujo de información, sino también el clima emocional. Se trata de crear una cámara de eco donde ciertas emociones –el miedo, la indignación– se amplifican, mientras que otras –la empatía, el pensamiento crítico– son silenciadas.

  2. El Ataque a las Élites Intelectuales: Al desacreditar a académicos, científicos y expertos, el líder populista no solo socava la confianza en los hechos, sino que también invalida un modo de procesar la realidad basado en la racionalidad y el debate. Se promueve una "verdad" emocional, sentida, por encima de la verdad fáctica.

  3. La Creación de Enemigos: La cohesión del "nosotros" populista se construye en oposición a un "ellos". Este enemigo puede ser interno (una minoría, la oposición política) o externo (otro país, organismos internacionales), pero su función es siempre la misma: canalizar las frustraciones y ansiedades hacia un chivo expiatorio, generando un sentimiento de amenaza constante.

Miedo y Asco: Los Motores del Racismo

Illouz profundiza en dos emociones que considera centrales para el populismo de derecha: el miedo y el asco. El miedo, explica, es una herramienta de control excepcionalmente poderosa porque paraliza y genera una demanda de protección, entregando al líder un cheque en blanco. Pero su elección de analizar el "asco" es particularmente reveladora. El asco, argumenta, es la emoción fundamental del racismo. No se trata solo de odiar o temer al otro, sino de considerarlo inferior, contaminante, indigno de compartir el mismo espacio social. El asco traza una frontera simbólica y afectiva que justifica la exclusión y la deshumanización.

Además, la entrevista aborda la perversa estrategia de la victimización. Figuras como Trump o Netanyahu, a pesar de ostentar un poder inmenso, se presentan constantemente como víctimas de conspiraciones, de la prensa, de la "corrección política". Esta performance no es inocente: les permite apropiarse del capital simbólico de la víctima, generando empatía en sus seguidores y justificando sus ataques como actos de autodefensa.

Capitalismo, Fascismo y la Urgencia de la Fraternidad

Hacia el final, la conversación adquiere un tono más sombrío pero también más propositivo. Illouz advierte sobre cómo el capitalismo desenfrenado puede sentar las bases para un "fascismo desde dentro". Cuando la acumulación de capital permite a una pequeña élite controlar no solo la economía, sino también la esfera pública y el debate político, la democracia se vacía de contenido.

Frente a este panorama, Illouz no se resigna al cinismo. Propone una emoción para revitalizar el proyecto democrático: la fraternidad. Y aquí hace una distinción clave con la solidaridad. Mientras la solidaridad a menudo se limita a los del propio grupo, la fraternidad (o su equivalente feminista, la sororidad) implica la capacidad de indignarse y demandar justicia por el sufrimiento de los extraños, de aquellos que no son como "nosotros". Es un llamado a extender el círculo de la empatía más allá de las fronteras tribales, un antídoto contra el veneno del asco y la exclusión.

En definitiva, la entrevista con Eva Illouz es una brújula indispensable para navegar la complejidad del presente. Nos obliga a mirar debajo de la superficie de los discursos políticos y a reconocer la sofisticada ingeniería emocional que moldea nuestras sociedades. Nos recuerda que la democracia no es solo un conjunto de instituciones, sino también una cultura afectiva que debe ser cultivada y defendida. Y nos deja con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos dispuestos a construir una política basada en la fraternidad o seguiremos siendo rehenes del miedo y el asco? La respuesta definirá el futuro de nuestras democracias.


 
 
 

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