La Resistencia Tiene Rostro de Mujer
- R. D'Alessandro
- 4 sept
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El frío de septiembre muerde el cemento frente al palacio municipal de Bolívar. En el centro cívico, una carpa precaria se ha convertido en la última trinchera de una disputa que el poder político preferiría ignorar. No es una protesta más. Es un punto de quiebre. Quienes la encabezan son las enfermeras del Hospital Municipal, un colectivo que ha decidido tomar en sus manos una lucha salarial que consideran justa y, en un movimiento tan significativo como el reclamo mismo, hacerlo al margen del sindicato que debería representarlas. La escena, que se consolida con el correr de las horas, es mucho más que una simple puja laboral: es la manifestación visible de una fuerza subterránea que define la estructura social de Bolívar. La resistencia, hoy, tiene rostro de mujer.

La respuesta que encontraron del otro lado del mostrador, del lado del poder formal, encapsula la esencia del conflicto. En una de las interacciones, el Secretario de Gobierno, Marcos Beorlegui, se acercó a las manifestantes. Su mensaje, lejos de un compromiso, fue una recomendación paternalista: "Nos dijo que no tomemos frío y que levantemos el acampe".
Esa frase, "no tomen frío", pronunciada por un funcionario varón a un colectivo de mujeres autoorganizadas, es la perfecta radiografía de una estructura de poder que no sabe cómo procesar la disidencia cuando esta no viste los trajes tradicionales. No es una negociación, es una condescendencia. Es el poder masculino intentando apaciguar, como si se tratara de un problema doméstico, lo que en realidad es una profunda crisis política, de representación y, sobre todo, de sostenibilidad. Porque las mujeres que pasan frío en la plaza son las mismas que sostienen el sistema que cuida a toda la comunidad.
El núcleo de este movimiento, su hecho diferencial, es su autonomía. Cuando desde el Ejecutivo se les sugirió canalizar sus reclamos a través del sindicato, la respuesta fue continuar por su propio camino. Como expresaron en entrevistas, sienten que la estructura gremial, un universo tradicionalmente masculino en sus lógicas, "no las representa". Se ven a sí mismas como "las enfermeras autoconvocadas", una identidad forjada en la acción directa y en la desconfianza hacia las mediaciones que, perciben, han fallado en defenderlas. Este no es un dato anecdótico. Es una ruptura. Es la constatación de que un sector fundamental de la comunidad ha decidido representarse a sí mismo, con sus propios métodos y desde su propia identidad.
Para entender la profundidad de este movimiento es necesario cruzar la urgencia de la protesta con la frialdad de los datos. La radiografía demográfica de Bolívar revela que este acto de autoafirmación no surge en el vacío. Se asienta sobre una realidad estructural: Bolívar es una sociedad sostenida, cuidada y envejecida por sus mujeres.
El distrito presenta un claro proceso de "feminización del envejecimiento". La edad mediana es de 36 años , pero se desagrega en 38 años para las mujeres y 35 para los varones. Esa brecha de tres años, superior a la media, indica una concentración particularmente alta de mujeres en los tramos de edad más avanzados. Con un índice de masculinidad de 92.5 (apenas 93 hombres por cada 100 mujeres), la mayor esperanza de vida femenina define el perfil demográfico. Son ellas quienes constituyen la mayoría en una población adulta y adulta mayor que representa un significativo 17.1% del total, una cifra muy superior al promedio nacional del 11.9%.
Esta estructura demográfica tiene implicancias directas. La carga del cuidado, tanto en el ámbito familiar como en el profesional, recae desproporcionadamente sobre hombros femeninos. Las enfermeras que hoy acampan no son solo trabajadoras luchando por un salario; son el rostro visible de un sistema de salud local cuya demanda es creciente y compleja, precisamente por las necesidades de esa población envejecida a la que ellas mismas pertenecen y sostienen. "No valoran nuestro trabajo", es el sentimiento que se repite.
Lejos de cualquier estereotipo, este rol central en la economía del cuidado no se corresponde con un perfil de baja cualificación. Todo lo contrario. Bolívar posee un capital humano robusto. El 18.8% de la población instruida del partido cuenta con un título terciario o universitario completo. Las enfermeras, con su formación técnica y profesional, son parte fundamental de este segmento. Se trata de mujeres educadas que no solo sostienen el sistema sanitario, sino que tienen la capacidad analítica para diagnosticar su propia situación laboral y la autonomía para organizarse por fuera de las estructuras que no las representan.
La protesta, entonces, adquiere una nueva dimensión. No es la revuelta de un grupo aislado, sino la consecuencia lógica de una estructura social donde las mujeres son mayoría demográfica, pilar del sistema de cuidados y un activo educativo fundamental, pero cuya voz y valoración económica no encuentran un correlato.
La condescendencia y la oferta irrisoria de un 7.5% de aumento son, también, el reflejo de los límites de una crisis fiscal documentada que transforma la negociación en un problema de viabilidad estructural. La incapacidad del municipio para presentar una contraoferta sustancial no responde únicamente a una falta de voluntad, sino a una limitación matemática. La mala administración de las cuentas municipales, algo sobre lo que el oficialismo ha logrado hacer un efectivo control de daños durante la campaña electoral, registró un "desahorro corriente" de $1.370,4 millones en los primeros seis meses del 2025. Esto significa que los ingresos ni siquiera alcanzaron para cubrir los gastos de funcionamiento diario. En este escenario, cualquier aumento salarial significativo agravaría directamente un déficit que ya compromete la sostenibilidad de la gestión. El reclamo de las enfermeras, por tanto, choca de frente contra la pared de una inviabilidad financiera que ha llegado a un punto de quiebre.
Esto reconfigura la naturaleza del conflicto. El ninguneo, la falta de reconocimiento y el consejo de "no tomar frío" son las gotas que colmaron un vaso lleno de inequidad estructural, pero ese vaso está, además, vacío de recursos. Las enfermeras, con su determinación de permanecer en el acampe ("el proceso que les lleve para resolverlo, vamos a estar acá"), no solo se enfrentan a una administración, sino a la dura realidad de las cuentas públicas. La pregunta fundamental, entonces, ya no es si el gobierno cederá a la presión, sino si la resistencia de este colectivo de mujeres, consciente de su rol estructural y dispuesta a luchar por su dignidad, está preparada para sostener un conflicto de desgaste en el tiempo contra un municipio cuyo margen para responder es, en términos prácticos, inexistente. La batalla ya no es por quién tiene la razón, sino por quién se cansa primero.







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